728. RIHANNA Y YO
Luciano Montero Viejo | COMETA AZUL

La relación que mantengo con Rihanna es muy poco convencional, y no lo digo porque ella sea negra y yo blanco, que no está mal para empezar, ni tampoco lo digo porque a veces nos juntemos los de su raza y la mía para jugar partidas de ajedrez viviente en una plaza cerca de mi casa cuyo suelo está formado por una cuadrícula de grandes baldosas negras y blancas. Lo cual revela dos cosas: la buena relación interracial que reina en nuestro barrio y los efectos que provoca el hachís que corre abundante por sus calles.
El día en que conocí a Rihanna ella hacía de reina y yo de simple peón. Me liquidó a las primeras de cambio, pero desde entonces, en la vida real, es este humilde peón el que se está comiendo a la reina. Y también está siendo devorado por ella, para decir toda la verdad.
Rihanna es de Marte y yo soy de Venus. Yo soy tímido, sensible, flacucho, y escribo poesía. Ella en cambio es una fuerza de la naturaleza, una mezcla de Naomi Campbell y Michael Jordan a la que le encanta jugar al fútbol en las canchas del barrio con otros maromos de su raza.
Pero donde definitivamente se nota que ella es de Marte y yo de Venus es en la cama. Practicamos la postura del misionero, lo que puede hacer pensar que somos muy tradicionales después de todo, y además parece una postura muy propia tratándose de un blanco y una negra. Si no fuera porque invertimos la postura, es decir, yo me pongo debajo, lo que me permite acariciar a placer su cuerpo espléndido, excesivo pero espléndido, en especial acariciar su culo, un culo como para delirar, mientras que ella se emplea a fondo sobre mí con un ritmo de martillo pilón, un resuello que recuerda a las locomotoras de vapor y un final que parece anunciar la salida de los obreros de una fábrica.
Porque el volumen de voz de Rihanna es una cosa apabullante, no sólo en los clímax, también en los prolegómenos y en los epílogos. Con lo prudente, romántico y modoso que soy yo, sobre todo en la cama, donde me convierto en un puro susurro. Ella en cambio, cuando me llama “mi blanquito”, “mi muñeco” y “mi tarzán”, no lo hace con el tono de quien comparte una cama, sino como si estuviésemos en campo abierto, como si me estuviese llamando a voces de una montaña a otra. A su manera también resulta muy romántico, si se sabe apreciar. Mis vecinos seguro que lo aprecian.
No sé cómo va a acabar esta relación, si es que Rihanna no acaba antes conmigo. Pero vivir esta experiencia merece correr el riesgo, ya lo creo que lo merece. Y si no, habérmelo pensado antes, cuando me enteré de que Rihanna es oriunda de Sierra Leona mientras que yo soy de Villanueva del Pardillo