1443. RO Y SU CAPUCHINO
Leonor Muñoz Jiménez | Leonor

Como cada mañana, Ro entró en una cafetería, pidió un cacahuete, y le sirvieron un capuchino muy caliente con mucha espuma, justo como a ella le gustaba.

Por eso era su cafetería favorita. Porque allí trabajaba Laura, su camarera favorita. La única que nunca le ofrecía una bolsa de cacahuetes, o un pastel de cacahuetes, o cualquier otra cosa que no fuera un capuchino.

Ro era una chica normal en todo menos en dos cosas. La primera: lucía una llamativa melena violeta. La segunda: tenía una extraña alteración del lenguaje. Cuando su cerebro quería pronunciar una palabra, su boca cogía la primera sílaba y formaba otra palabra distinta. Fue así como consiguió su extraordinaria cabellera. Ella quería un tinte “moreno”, pero le pidió un tinte “morado” a la peluquera.

Su curiosa condición tenía la manía de aparecer justo en los momentos más inoportunos.
Arruinó su cita con ese chico tan majo al que llamó “guarro” en vez de “guapo”. Le fastidió esa entrevista de trabajo en la que afirmó que era muy “traviesa”, en lugar de “trabajadora”. Hasta le hizo suspender más de un examen oral; como aquel en el que dijo muy convencida que el odio a los judíos era un pensamiento “natural”. Su profesor dudó entre si su alumna era torpe o neonazi, pero no tuvo ninguna duda de que merecía un cero.

A veces solo cambiaba una letra. Pero eso no le eximía de momentos bochornosos, como cuando pidió un día libre en su trabajo porque su hermano iba a “cagarse”; o cuando provocó que el GPS la llevara de vacaciones con sus amigos a una “Caja Rural”, que no era precisamente el alojamiento que habían reservado.

Ro estaba acostumbrada. Llevaba así desde su primera palabra. Su madre presumía orgullosa de que ya decía “mamá”, y la gente le daba la razón mientras escuchaba a su hija llamarla claramente “mala”. Había afectado hasta a su nombre. El día en el que se
presentó en una fiesta con un “Hola, soy roja” en lugar de “Rosa”, decidió empezar a
llamarse “Ro” y quitarse de problemas.

De ahí le vino su afición por los monosílabos, esas palabras tan simples y rotundas, breves y concisas. Le gustaba el pan, el sol, la miel, el ron, los pies, y hasta le guardaba cariño a su ex pese a lo dura que había sido la ruptura. Siempre estuvo claro que su relación no funcionaba, pero había tardado años en terminarla porque cada vez que se armaba de valor para decirle “te dejo”, le salía un “te deseo”.

Pero, al fin y al cabo, la felicidad consistía en ser capaz de apreciar el lado bueno de las
pequeñas cosas, pensó Ro, cogiendo la taza que Laura acababa de dejar delicadamente sobre la barra. A continuación, como cada mañana, soltó un “¡Gratis!” y se marchó sonriente. Laura, como cada mañana, soltó una carcajada, y se alegró de que a Ro le gustasen los capuchinos y no el plato más caro de la carta.