ROUGE FONCÉ
MACU GARCÍA GONZÁLEZ | Rantayu

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He contado el dinero varias veces para asegurarme de cuánto tenía. No llega a veinte euros. Hoy necesito comprar comida para mis hijos. Tendré para dos kilos de patatas, una docena de huevos, dos barras de pan, tres litros de leche, ya no me queda ni una gota, y un kilo de pollo. Quizás, si encuentro alguna oferta, un gel. Quiero que vayan limpios al colegio.

Intento reducir al máximo la lista de necesidades y estirar el dinero todo lo posible, pero no lo consigo. Estas son muchas, él, escaso.

Hace tiempo que no me siento bonita. La ropa baila en el cuerpo y las ojeras llenan el rostro.

Detengo la mirada ante el stand de los esmaltes de uñas. Las mías no recuerdo cuando perdieron el lustre. Son muchas las horas de trabajo limpiando en casas.

Hoy un impulso que no controlo, me engancha al anuncio de una marca, que me alienta con el mensaje: porque tú lo vales. ¿De verdad lo valgo?

Se libra en mi cabeza una pelea. En un lado de ring; lo justo y necesario. En el otro extremo; lo soñado e imposible.

Son quince mililitros. Es un esmalte enriquecido con aceites, sus pigmentos confieren un color intenso. La cobertura uniforme y el brillo duradero. Su precio diecinueve euros.

No resisto la tentación. Selecciono el Rouge Foncé, rojo intenso. Una frase en el frasco define a su usuaria como una mujer enérgica y segura de sí misma. Estoy muy alejada de esa descripción. Menciona también que es un color auspicioso que atrae la fortuna y aleja las energías negativas. Me vendría bien un poco de suerte, pienso.

Compruebo que el vigilante de seguridad no esté cerca. Despegó la pegatina con filamentos plateados que contiene la alarma del esmalte. Por primera vez en mi vida violo el séptimo mandamiento.

Temblorosa aprieto el puño con mi tesoro, y meto la mano en el bolso de la gabardina.

Apenas he dado los primeros pasos en dirección a la salida cuando el encargado de seguridad me corta el paso y me indica que le acompañe.

Siento un sudor frío perlando mi rostro. El cuerpo me tiembla. Soy incapaz de pronunciar una palabra mientras las lágrimas surcan mi cara. Llegamos a un cuarto y me pide que le enseñe las manos.

No tengo valor para decirle que no. Con mi gesto doy paso a la certeza de lo que él supone, y yo sé de seguro.

Es nuestra primera cita.

La única situación incómoda con personal de seguridad de un supermercado en cuarenta años. Tengo miedo.

Pienso en los casi veinte euros de comida que tengo en la bolsa. En mis hijos y en los alimentos que quizás hoy no lleguen a nuestra mesa.

He pecado de coquetería, de ignorancia y de poca pericia.

El hombre ha leído en mi rostro el desaliento. Dice que puedo irme.

A punto de hacerlo, me tiende la mano con el esmalte de uñas. Lo tomo agradecida.

Le sonrío. Hoy es mi día de suerte.