48. RUIDO
Rosa María Tortajada | Rose

El portazo puso punto y final a la conversación.Esta vez no sonó como un signo de interrogación como diría Sabina.Otro ruido más, mucho mucho ruido, tanto tanto ruido.

Y allí quedó ella en medio de tanto ruido.Ruido en su cabeza.Ecos, tambores lejanos , reminiscencias del “ Ya te lo dije “ de su familia que todo lo sabe, “Acabarás sola, como tu hermana, tu madre, tu abuela y la abuela de tu abuela “por siempre jamás amén.Aunque a ella le guste estar sola y ellos no lo sepan porque no la escuchan.

Ruido de la resaca de verborrea . De comunicarse a través de ruidos por todas partes. Ella y él , y el hijo de ambos con su “clink,clink,clink” como música de fondo en su conversación. Mientras ella y él elevan el tono a través de ese “clink, clink,clink “ del pequeño ,que resuena más fuerte a medida que ninguno de los dos le hace caso.

Él había salido enfadado y sin encontrar las llaves del coche.Convencido de que se las había escondido ella ,para evitar que se fuera con los amigos a ver el fútbol.
A ella le encantaba el rato de intimidad que tenía cuándo él se iba al fútbol,lo bien que lo pasaba ella en su propia compañía,lo mucho que ella se echaba de menos a sí misma .Pero eso él no lo sabía porque no la escuchaba.

Ella no sabía ,no comprendía . Además de no saber dónde estaban las llaves, aún comprendía menos su desconfianza. No le pudo convencer ni argumentar nada. Las malditas llaves. Matarilerile. El ruido. Matarileron.

Él chillando como un energúmeno .Ella, pensando que, al igual que el tambor,él metía tanto ruido porque estaba vacío,lo que la enfada y la hacía contestar con ira,gritando mucho.Y el niño con su “clink,clink,clink” como banda sonora inmortalizando el momento.

Èl enfadado y gritando frustrado. La vida le pareció tan impredecible. El despido repentino del trabajo aún sacudía su interior,como una gran tormenta ,incapaz de poderlo comunicar ni siquiera a ella. Ya no podía fiarse de nada. Creyó que estaría seguro en su trabajo. Creyó que las llaves del coche estarían dónde siempre las dejaba, en el platillo del recibidor.Pero, de repente,todo era incierto y cambiante.

Su enfado,su miedo se habían apoderado de él. Solo escuchaba con claridad el maldito “clink,clink,clink” constante y machaquero de su hijo golpeando objetos en un intento de ser atendido. Pero eso no lo sabía,porque ensimismado,no le atendía.

El niño continuó golpeando aquel objeto brillante que había encontrado en el suelo y como una urraca había recogido en el suelo de la entrada de la casa. Él se divertía así,solo,de cualquier modo. Él tenía en sus manitas lo que sus padres buscaban. Pero eso no lo sabía,porque ensimismado, él disfrutaba produciendo sus propios ruidos.