589. RUMBO AL MAR
Rafael Fuentes Pardo | Alguien

Cuando empecé a desearla tenía seis años y en el cine llovía más a menudo que en las calles: títulos de crédito y lágrimas de Ava Gadner. A los quince pensé en ir a buscarla, pero justo en ese momento el paraíso había decidido no llegar hasta Los Ángeles. De no ser así nos habríamos conocido en la terraza de un hotel, yo conduciría un descapotable ligeramente abollado y ella estaría completamente borracha.
A los veinte, un poco aburrido, puse a secar la humedad de aquel deseo en las cuerdas de la terraza y lo fui olvidando. Hasta que hoy, al encender el televisor, me enteré de que se había marchado sin dejarme restos de carmín o de sábanas revueltas o cualquier otro recuerdo de la vida de una estrella ligeramente abollada.
Tras analizar las distintas formas de encontrarnos he elegido saltar desde los acantilados, que tiene algo de deporte de aventura y otro algo de funeral vikingo. Así que me he acercado a la estación a preguntar por el lugar al que tendría que llevarme ese beso que aún no he dado. Han dicho que lo importante, a la hora de coger un tren, eran las plazas y solo quedaban dos. La primera en un convoy que se marchaba hacia el país donde la lluvia suena triste como un arpa sumergida y la segunda en otro que lo hacía rumbo al mar y hacia el verano, como los de Juan Ramón Jiménez. Como no quedaba asiento de ventanilla en el del arpa, he sacado de vagón cafetería en el de Juanra y he partido a conocer de cerca a mi destino.
Y aquí estoy, ilusionado porque al fin voy a conocerla y también algo confuso porque no encuentro un palmo de agua en el no haya basura flotando. Un salmonete, que acaba de asomar su cabecita sonrosada entre los plásticos, me dice que no sea moña y salte, allí abajo, con Ava, vamos a estar todos de miedo. Un calamar añade que al menos les tire la botella, a los cefalópodos también les gusta la ginebra. Retrocedo, el lugar donde pensaba reunirme con mi amada es más asqueroso que otra existencia sin ella. Me marcho de regreso a mi vida, con suerte encontraré asiento de ventanilla, y sin ella, siempre queda la ginebra o el recuerdo de una estrella ligeramente abollada.
Como no había tren de vuelta hasta mañana y el mar seguía enorme, he decidido esperar en la escollera, no sea que las olas la arrastren hasta esta playa. De momento han llegado el calamar, el salmonete y dos sirenas. El salmonete opina que lo nuestro parece muy bonito pero solo es otro homenaje más al olvido. El calamar, más positivo, insiste en que si no ha llegado todavía es porque está retenida entre el Rojo Mayor de Islandia y el San Juan de Salvamento. El muy cefalópodo se piensa que los faros son semáforos. Las sirenas se limitan a beberse mi botella de ginebra.