1451. S.P.A
Pablo Fernández Hernández | Pablez

Una depresión de caballo (con sus correspondientes pastillas que podían calmar un caballo), una piedra en el riñón del tamaño de una pezuña de caballo y un despido que casi me hace consumir “caballo”. Este podría ser un perfecto resumen de lo que significó mi confinamiento. Menos mal que no se podía salir a la calle ni siquiera para consumir heroína, pensaréis. Pues sí, aunque al final la heroína que me hizo dejar de plantearme esto fue mi madre. Además, ella fue la que, cuando la “Nueva Normalidad” entró en nuestras vidas, me instó a hacer lo que su psicóloga le había recomendado: autocuidado. Como yo hasta ahora, ya a mis 25 años, no había cuidado ni de mi canario (D.E.P), mucho menos había cuidado de mí. No sabía cómo se hacía, así que decidí acudir al gurú del siglo XXI: Google. El primer resultado que apareció al buscar “Autocuidado” fue: spa. Sin más dilación, porque osado ES llevarle la contraria a una madre más lo es llevársela a Google, decidí buscar uno.
Mi primera observación al entrar fue que «Spa» deberían de ser siglas: S.P.A. Solo Para Abuelos. El sitio era como un parque acuático para jubilados. Yo evidentemente bajaba la media de edad del lugar, que sin mí hubiera sido de entre 87 y 176 años. Empecé a analizar la situación, y mientras un chorro me entraba directamente por el ojete, llegué a la conclusión de que son lugares perfectamente preparados para ellos. Por ejemplo, el buque insignia de los spas, el sacnta sanctorum, la sauna: ¿Qué pasa si estás mucho tiempo dentro? Sales arrugado, arrugado nivel Joe Biden, arrugado nivel Mercedes Milá. Si eres viejo esto no te tiene que preocupar lo más mínimo, así que pueden fácilmente plantar el campamento y estar allí horas.
Seguía sentado con el chorro dándome directamente en el santo asterisco y me fijé que delante de la sauna había un caminito lleno de piedras. Me vino a la cabeza la imagen de un faquir caminando encima de cristales rotos, aunque el faquir no estaba ni la mitad de arrugado que la señora que, después de salir de la sauna, se puso a caminar por él. Yo decidí hacerlo también; “que esto ‘relanja’ muncho, hijo mío” me dijo. Di dos pasos y tuve que avisar al encargado.
“Señor, que yo la botas quechua ni las he traído ni pensaba hacerlo” le dije. ¡Eso es un sufrimiento! Luego me fijé en cómo tenía los pies la señora y lo entendí todo: eso no era un talón que no había conocido piedra pómez, era una piedra pómez en sí incrustada en un talón. Increíble. “Cómo le dejará la espalda al marido cuando éste le haga sexo oral”, pensó mi asquerosa mente. Para quitarme este pensamiento, decidí zambullirme en una piscina de agua helada. Cuando metí el dedo gordo, mi pene adoptó el tamaño, la posición y la textura de un pistacho. Era el momento de irme, porque me la miré y pensé: quiero caballo.