804. SÁBADOS DE AYER Y HOY
Jacobo Expósito de la Rosa | Loranquito

Me levanto por la mañana sin despertador, es fin de semana, y hago algo así como un mugido de ñu acorralado por tres leones en el Serengueti para levantarme, chorrito en el baño y me siento a tomar mi cola cao calentito en el taburete de la cocina mirando a la nada mientras mi gato me mira con tal gesto de enfado que podría ser la portada de un disco de rap de 2015 y pienso en cosas tan trascendentales como: ¿por qué llama mi madre “chino” al pasapuré?
Siempre he desayunado cola cao, algunos me lo recriminan como si fuera algo infantil o de inmadurez, como si desayunar té o café sólo sin azúcar te diera el carnet de adulto; yo pensaba que lo había conseguido teniendo que pagar facturas para sobrevivir. Hubo una temporada en la que me obligué a desayunar esas cosas en pro de la vida sana, decían que a los veintiún días ya te acostumbrabas a su sabor, pero tras tres meses solo conseguí que por las mañanas se me quitaran las ganas de levantarme al saber lo que me esperaba en la cocina para darme los «buenos días».
Reflexiono sobre la diferencia a cuando me levantaba de niño en casa de mis padres con olor a cocido, preludio de comida familiar con mi tío “el guay” (que siempre me daba dinero para comprar cromos y chuches) y mi tío “el perdido”, que nunca sabíamos si iba a venir, de qué trabajo le habían despedido o qué novia nueva se traía a casa. Mis abuelos llegaban los primeros, bueno, llegaba mi abuela mientras mi abuelo se quedaba en el bar de abajo tomando un chato de vino departiendo con cualquier parroquiano sobre cual era el mejor camino en coche para ir a cualquier sitio. Mi abuela, sin embargo, paseaba por la cocina oliendo y abriendo ollas sonriendo y poniendo morritos de pato con gesto amable de aprobación con lo que había visto.
Ahora me preparo para ir a comer a casa de unos amigos, mientras, miro en el móvil el mensaje de la chica a la que estoy conociendo y se me debe de poner una cara de niño cansado y feliz de vuelta tras un día en el parque de atracciones, de camino voy a comprar un vino elegido minuciosamente tras días de arduas investigaciones por foros especializados de internet porque viene uno del grupo que hizo un curso de cata de vinos que había de oferta en el ‘Atrápalo’ y parece el Risto Mejide de los enólogos.
Mi objetivo de la vista está claro: que no me encasqueten el esqueje de una planta. El empezar a tener plantas en casa debe ser el mismo peligro que cuando tienes una gata en el pueblo y está suelta, a ver a quien le acoplas los cachorros cuando te vuelva preñada.
Por la noche, vuelvo con las manos vacías y victorioso atento a la ruta por la que me lleva el taxista para que no me clave en la carrera.