SABORES
ANTONIO NAVARRO RODRIGUEZ | Mamen Costa

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Llegó con las piernas agotadas y el corazón en un puño. Aparecer 15 minutos tarde era un despropósito, sobre todo tratándose de la primera cita, pero no había tiempo para lamentos y de todas formas lamentarse no iba a servir de nada.

Le dijo al camarero su nombre y éste, como si la gente llegara corriendo al restaurante todos los días, asintió y se encaminó hacia una mesa esquinada con dos sillas y con vistas a la calle, pudiendo observar desde allí a cientos de transeúntes pasear de un lado a otro como si estuviera en el interior de un cuadro parisino.



No se esperaba aquel primer plato y era consciente de que la gente distinguida siempre usaba cuchillo y tenedor, pero aquella croqueta pedía ser degustada cuanto antes y el tiempo es un bien valioso. Un segundo, dos segundos, una vida. Hay que aprovecharlo todo al máximo.



Solo con rozar sus labios aquella croqueta rellena de roquefort despertó sus cinco sentidos. ¿Cómo podía haber vivido tanto tiempo sin haber probado un sabor así? Sintió que aquello era como el hogar al que siempre quieres regresar, el cielo estrellado que nunca te cansas de mirar y el abrazo de mamá que siempre aparece en el momento oportuno. Todo junto.



Aquel camarero tan servicial, sus modales eran exquisitos y casi se podría decir que estaba aprovechando el momento para coquetear sin importarle que aquello fuera una cita para dos, no tardó nada en llevarle el siguiente plato: lasaña de ternera con queso bechamel y tomates de la huerta.

Te acordarás de lo que hemos hablado sobre el paso del tiempo. Pues bien, apenas volaron unas décimas de segundo cuando -esta vez sí con cuchillo y tenedor- su paladar entró en contacto con aquella lasaña de sabor indescriptible. Era como viajar a Roma y sentarte a hablar de la vida junto a Julio César, como encontrarte con la sonrisa de la persona que amas, como dejar que una suave brisa acaricie tu rostro en mitad de un atardecer. Todo junto.



Estaba siendo una experiencia muy agradable y el postre prometía emociones fuertes: un brownie de chocolate recién sacado del horno y bañado con chocolate blanco fundido y una corona de nata. Decir que probarlo fue una explosión de placer sería infravalorar aquel regalo de los dioses. No sé si compararlo con un orgasmo, con un beso en la frente antes de irte a dormir o con un gol decisivo de tu equipo favorito en el minuto 90, pero sin duda era algo muy intenso y muy especial. Y pensó para sus adentros que aquella cita era de las mejores que había tenido pese al curioso hecho de que, por primera vez en su vida, su ‘match’ en Tinder lo había dejado plantado.