545. SANTO TOMÁS NI UNA MÁS
Ángela Martinez | Ángela Martínez

—¡Ahhh! Por los clavos de Cristo, sáquenlo ya de aquí —repito sin cesar.
Las contracciones son cada vez más dolorosas y esto no hay quien lo
aguante—. ¿Dónde cojones está el que me ha hecho esto? —Histérica
busco al cabrón de mi marido. Seguro que ya está celebrando que va a ser
papá.
—Aquí estoy, cariño. Vamos, campeona, tú puedes.
—Amor, si vuelves a tocarme un pelo, te mato. Los próximos hijos serán
adoptados. —Comienzo a hablarle furiosa.
Mientras lo hago, la matrona entra por la puerta.
—Buenas tardes. ¿Cómo te encuentras?
—Pues… Teniendo en cuenta que cada vez que me da un dolor parece que
me atropella un tren y que cuando creo que ya ha pasado comienza otro y
las ganas de suicidarme aumentan cada vez más, quitando eso, estoy de
maravilla —respondo nerviosa.
—Ja, ja. Te aseguro que dentro de poco todo pasará y serás la mujer más
feliz del mundo. Por cierto, ¿vas a querer epidural?
—¡Síii! ¡Por favor!
—En unos minutos vendrá el anestesista, pero ahora debes firmar este
consentimiento.
—Démelo ya.
Firmo con urgencia y se marcha.
A los pocos minutos aparece un señor con una barba blanca y más arrugas
que el higo de mi abuela. Vamos, juraría que Fray Leopoldo ha venido solo
para pincharme. Cierro los ojos y me encomiendo a todos los santos para
que el pulso de este hombre siga funcionando como debe.
Tras ponerme la anestesia, comprueban que ya estoy lista para dar a luz a
mi pequeño.
—Muy bien, Ahora empujarás cuando yo te indique. ¡Empuja!
Me agarro con todas mis fuerzas a los barrotes que hay en cada lado de la
camilla y no puedo creer lo que acaba de suceder. Me he quedado con los
mangos en las manos.
—¡Ay, Dios mío! Lo siento. ¿Qué hago con esto? —digo alzándolos hacia
arriba.
Las risas inundan el quirófano. Mi marido no puede parar de reír, y al verlo
me uno a él. No sé si es por los nervios o por la vergüenza que estoy
pasando, pero no puedo parar de hacerlo.
Al cabo de unos segundos consigo controlarlo y me avisan de que otra
contracción viene en camino.
Así pasamos bastante tiempo.
—Vamos, estamos en la recta final. Tú puedes. ¡Empuja!
—Hago lo que me pide y… No. No puede ser. De repente me han entrado
ganas de tirarme un pedo. Aguanto lo que puedo y espero a que me venga
otra contracción y así poder liberar esta carga que llevo dentro.
—Vamos, campeona, una vez más y lo tenemos aquí.
Esas palabras son música para mis oídos.
—Preparada, lista… ¡Ahora!
Aprieto con todas mis fuerzas y aprovechando el bullicio que se ha
generado en el quirófano lo hago.
—¡PPPRRR!
Un silencio sepulcral se instala de repente. Observo la cara de todos los allí
presentes. Tierra trágame y no me escupas jamás.
Se miran unos a otros y en segundos se produce el milagro de la vida.
Santo Tomás y ni una más.