653. SARAÍ
Patricia Cambiaso Rathe | PISPÁS

Saraí miró en el espejo su cara sin arrugas. Una gota cálida recorrió su mejilla rellena mientras sus manos trenzaban su abundante cabello azul de tan negro. Pensar que solo hace un mes su cabeza era perlada, su andar era lento, esas mismas mejillas estaban vacías y su voz sonaba como un montón de chatarra. Desde que Dios le dijo a Abram, que ella, con noventa años, le daría un hijo, las hormonas se habían apoderado de todos sus sentimientos mezclando tristeza, nostalgia, rabia, risas incontrolables y la compostura, bueno, brillaba por su ausencia. Apenas llevaba dos meses de embarazo y ya podía hacer piruetas, caminar en la cuerda floja, trepar las azoteas de los pueblos cercanos al campamento, coquetear con extraños y luego, entrar en su tienda sin que Abram o los esclavos se dieran cuenta. Claro que, como todo milagro, tenía sus bemoles. Cuando se es joven, hermosa, ágil, llena de gracia, también se tiene escasa sensatez, por no decir plena necedad ¡un manojo de impulsos peligrosos!
Por lo menos, ahí estaba sana y salva de vuelta y, aunque con rasguños, el vientre en donde se resguardaba Isaac seguía intacto, redondo, como si antes se hubiera tragado un bombillo. ¡Mira que arriesgar todo aquello por un bailoteo!

Abram irrumpió en la tienda:

–¡Sara, vístete, tenemos que seguir el viaje!

–Te he dicho que no me llames Sara.

Abram lucía igual de anciano y ajado que siempre pero, con sus cien años, podía cargar en sus espaldas lo que llevarían dos camellos.

–Dios Todopoderoso nos ha cambiado el nombre: ahora somos Abraham y Sara en lugar de Abram y Saraí.

–¡No entiendo por qué tengo yo que perder una letra mientras a ti se te agregan dos, y qué tiene que ver una sílaba con ser padres ancianos ni con el destino del pueblo elegido! ¬Saraí, picó con voz punzante y mimada.

–Anda, no está en nosotros discutir ni entender los motivos de Dios, ¡deberías estar contenta con lo joven que te ves!

–¡Joven! ¿quién quiere ser joven?, ¿quién quiere descendencia?, ¿de qué nos sirve la promesa de que nos bendigan todos los seres de todas las naciones? ¿Por qué nadie me preguntó qué opinaba yo del Pacto?

–Oh, por Yavé, ¡qué insolencia!, ¡qué tontería! De verdad, no sé cómo aguantar este embarazo que se ha llevado tu cordura.

–¿Mi cordura? ¿No eres tú quien sale todas las noches a hablar como enajenado con un Dios que nadie ve? A mí déjame dormir tranquila y veré si me levanto con fuerzas para seguir caminando en el desierto, Abram. No quiero estas piernas fuertes ni esta cabeza loca. Yo quiero volver a Canaán, peinar mis cabellos de plata, y que me dejen en paz. ¡Tú ten más hijos!, ¡todos los hijos que quieras con la esclava Agar o con otra! ¡QUIERO MI VEJEZ DE VUELTA, ABRAM!

¬Shhhh, ¡Me llamo Abraham! y ya deja de quejarte, ¡menos mal que Dios no escucha a las mujeres por más que griten!