SE CONOCIERON EN UN BAILE
Teresa Serrano Melero | Bernarda

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Ella puede verlo tal como lo hizo por primera vez hace setenta años. Porta ahora el mismo atuendo y su expresión pícara no ha cambiado ni un ápice. Le ofrece la mano con una sonrisa, invitándola a bailar. Ella acepta el cortejo y sus amigas comentan juguetonas que…

-Vamos a subirle la dosis de morfina para que esté más tranquila. Es ya cuestión de tiempo.

-Doctor, ¿siente dolor? Cuando mi padre estuvo en paliativos hace un par de años le aquejaba una molestia insoportable.

-No, no te preocupes, la anestesia es muy potente. A veces sí notará que abre los ojos o farfulla algo, pero es natural en estas etapas finales. Algunos pacientes incluso perciben a personas ya fallecidas; son alucinaciones, claro.

-¿Y cuánto cree que va a aguantar así?

-No le puedo decir una estimación muy exacta porque eso depende de cómo afronte su cuerpo la consunción pero, personalmente, no creo que más de una semana. No obstante, hay algunos que incluso en su lecho de muerte se siguen aferrando a la vida. A veces sí les recomendamos a los familiares que les hablen, se despidan y les dejen partir. Por lo que me ha dicho antes entiendo que su padre también falleció recientemente. Quizás puede confortarla haciéndole saber que él la estará esperando o que no estará sola cuando se marche. Lo lamento, María, mucho ánimo a usted y a su familia.

-Muchas gracias, doctor.

Este sale de la habitación tras darle un sentido apretón en el hombro a María. Su madre, desde la cama, emite una voz apenas perceptible:

-Paco… Paco… ¿Dónde estás?… Paco…

El fandango de su primer encuentro resuena en la estancia y en las pupilas de la yacente se sigue reflejando el rostro del mozo que le gusta. La envuelve con sus brazos y la aprieta contra él, despertando el vuelo de las mariposas en su estómago. Ella lo mira y ríe cuando él le susurra…

-Mamá, mamá, soy yo, María, tu hija. Papá no está aquí, pero seguro que te está viendo y está deseando reencontrarse contigo. No sigas sufriendo por nosotros, mamá, de verdad. Puedes irte sin preocupaciones. Estaremos tristes pero nos acordaremos mucho de ti –las lágrimas le impiden seguir hablando.

-Paco… Paco…

María apoya la cabeza en el abdomen de su madre y sobre la sábana blanca se dibujan soles de agua. Permanece así, estática, tratando de retener su olor. Tras unos minutos deja de percibir el movimiento de la respiración bajo la tela y sabe al instante lo que ello significa. El médico tenía razón.

*

-¿Paco? ¿Dónde estás?

-Juana, estoy aquí, contigo. Te estaba esperando. Tenía tantas ganas de verte, no sabes cuántas.

-Paco, ¿qué es esto?

-No tengas miedo, Juana. Estamos juntos para siempre. Ven, vamos a bailar.

El fandango vuelve a sonar de fondo mientras ellos reinician su danza.