SECCIÓN BÍO
Alejandro Lainez Granged | Coure

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No soy la única que disfrutó el encierro obligatorio de la pandemia. Soy bastante casera. Mi rutina eran las películas, leer libros pendientes, comer mejor, aplaudir en la ventana, hablar con amistades y familia, creerme repostera y usar indiscriminadamente aplicaciones de ligue. ¡Apasionante!



A la semana ya tenía conversaciones con cero interés que entretenían mi aburrida existencia.

Después de docenas de películas, tres libros a medias, mi fracaso en la repostería y con pocas expectativas de ligar apareció Julio. Me llamo Julia, así que eso sirvió para romper el hielo y ver que compartíamos un sofisticado sentido del humor. Como solo podíamos salir a la calle para comprar decidimos tener nuestra primera cita en la sección bío del supermercado más cercano. No quedan románticos como nosotros.



Julio llegó puntual a la sección donde yo esperaba nerviosa. Saludos de rigor entre risas adolescentes de treintañeros. Creíamos que esa sección sería poco concurrida. Error. Durante el encierro mucha gente se aficionó a hacer la compra. Al minuto olvidamos que había gente, hubo conexión y mostrábamos nuestro mejor disfraz. Yo reía hasta sus malos chistes y él se esforzó en parecer seguro y misterioso. Caímos en el embrujo. Queríamos acostarnos. Pasamos la prueba con nota. Él era guapo y yo más… además sabía sacarme partido. Conversamos sobre gustos culturales, presumimos de hacer ejercicio moderado y de llevar una dieta equilibrada con algún capricho controlado. La sinceridad es tímida al inicio.

En el pasillo de arroces y pastas ya habíamos cumplido un año y recordábamos con cariño la primera cita. Estábamos en un eterno viernes por la noche. Yo le cambié un poco la forma de vestir y él reconoció que no era tan buen cocinero. Conocíamos algún defecto ajeno y planeábamos vivir juntos. Era amiga de sus amigos y nos hacían gracia las extrañas manías del otro. Al otro lado del stand nos esperaban la felicidad y productos de higiene personal. Dos sueldos y 75 metros cuadrados después nos llevaron a un embarazo deseado. Cedí en un manido nombre para mí heredera, pero no en el bautizo.



En su quinto cumpleaños ya mentiamos piadosamente, discutíamos por banalidades y fantaseabamos con otros cuerpos.

En el pasillo siguiente, entre bebidas carbonatadas, arrugas, kilos y más inercia que pasión, nuestros sueños ya eran una cuenta pendiente para otra vida. El sexo era un recuerdo y el deseo una quimera. No sé quién comía peor. El tiempo no curaba nada sino que abría nuevos frentes. Él ya no soportaba mis gustos musicales y yo no quería reir sus gracias. Para entonces solo había invierno y lunes por la mañana.

En la caja, donde nuestra hija veinteañera nos atiende, la pantalla del datáfono me escupe cruelmente.

¿Volverías a la primera cita?

Prefería cuando solo pedían el pin. Por decoró narrativo y porque odio los finales abiertos responderé. Sí. Y también que no. Quiero muchísimo a mi hija y agradezco las experiencias que me han traído hasta aquí.

¿Tú qué harías en la misma situación querido lector?