283. SECRETO DE CONFESIÓN
Leyre Zárate Álvarez | ITSUKI

Acaba de ingresar un preso sexagenario en Daroca. Su forma física es excelente y no aparenta en absoluto la edad que tiene. Juan Pedro, que se hace llamar “Jean Pierre”, ha sido acusado de pirómano y le han caído diez años. Todo sucede pocos meses antes de cumplir sesenta y cinco, echando al traste sus planes de disfrutar de una jubilación dorada. Siempre ha defendido su inocencia.
Jean Pierre emigró de su Zaragoza natal a París y allí, tras años duros trabajando de friegaplatos en diferentes establecimientos y privándose de muchas cosas para ahorrar lo máximo posible, logró llegar a ser no sólo jefe de cocina, sino también a montar su propio restaurante.
Inteligente, dinámico y muy perfeccionista Jean Pierre se integra tan bien en la vida carcelaria que Javier, el director, le propone ser el nuevo jefe de cocina del centro. Jean Pierre acepta encantado y se pone manos a la obra. Lo primero que hace es poner nombres en francés a todos los platos Gracias a su imaginación y creatividad, consigue hacerles creer que están degustando platos exquisitos y de alta cocina.
De comer desganados y apenas mirando al plato, Jean Pierre da la vuelta a la tortilla (y nunca mejor dicho). Los reclusos pasan ahora a agolparse a la entrada del comedor para ser los primeros en servirse la bandeja, a controlar si a alguien le ponen “más” y a rebañar el plato. Se lo comen todo. No sobra ni el pan.
Como cada domingo don Borja llega a la prisión a oficiar misa, pero esta vez coincide con la festividad de los Santos Inocentes. Viene acompañado por otro sacerdote al que nadie había visto antes: un tal don Matías.
Al preguntarle por el motivo de su visita responde que viene a confesar a Jean Pierre. A los dos funcionarios de la garita les extraña que el cocinero, con lo meticuloso que es, no haya rellenado la instancia correspondiente.
Casualmente se topan con él. Camina en dirección a la cocina. Sin darle opción al funcionario para preguntarle nada, don Matías se abalanza sobre Jean Pierre abrazándolo efusivamente.
Jean Pierre se queda petrificado al ver a su amigo de juventud.
– Muy buenas, querido Juan Pedro. Desde nuestros años mozos que no nos veíamos ¿eh? ¿Cómo te va?
– ¡Hombre, Matías! A mí no tan bien como a ti…ya veo que llevas alzacuellos. Los curas vivís muy bien.
– Vengo a confesar.
– Yo no he pedido que nadie me venga a confesar, Matías. Siempre he defendido mi inocencia, con lo cual no tengo nada que confesar. No te lo tomes mal, no es nada personal…
– Juan Pedro, parece que no me entiendes…te digo que vengo a confesar.
– Matías, por Dios, claro que te entiendo. Por eso te repito que no tengo nada que confesar. Soy inocente. ¿Qué quieres que te confiese?
– Tú, nada. Insisto en que vengo a confesar: fui yo quien quemó el Moncayo. Yo soy el pirómano responsable de aquel incendio.