Sed de sangre
Noemi García Catungal | Noemita

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No había remedio ya. Orlok había clavado sus colmillos en mi carótida, sorprendentemente yo no sentía dolor alguno, solo notaba cómo fluía mi sangre hacia él, como succionaba y yo me quedaba cada vez más y más débil hasta que… morí.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que renací, pudieron ser horas, días o semanas, pero no renací como humana, sino como vampira.

Podría contaros todo lo que sentí esos primeros momentos que fueron intensos, dramáticos y maravillosos, pero lo dejaré para otro momento, porque lo que hoy quiero contaros es otra cosa.

Desperté con una sensación de hambre indescriptible, mataría por comer algo, era la frase que se me pasó por la cabeza, y me sorprendí a mi misma sabiendo que era cierto, que podría hacerlo y de hecho deseaba hacerlo. Mi olfato hiperdesarrollado me llevó hacia un ciervo, lo observé, era majestuoso y apetecible. Una fuerza interna me llevó a abalanzarme sobre él, le inmovilicé con mi nueva gran fuerza y le clavé los colmillos en el cuello, supe exactamente dónde debía hacerlo, ya que veía claramente el pulso de su arteria, a cámara lenta. Mis deseos de beber de él, de poseer su vida, se iban incrementando con cada segundo que pasaba. Al clavarle los colmillos sentí la piel resquebrajándose para dejar paso a mis afilados dientes, percibí el olor de su sangre, a hierro y a vida, que me hizo desear aún con más fuerza sorber de él. Inmediatamente después noté su sabor, no solo de la sangre, sino de todo su ser. Mi lengua despertaba ante tal manjar y cada papila gustativa estaba gozando y disfrutando de un placer como aquel. El paso por la garganta, cada gota de plasma pasando por todas las células de mi esófago. Todo mi cuerpo se impregnó de la energía de aquel impresionante animal y desde aquel momento, una parte del ciervo ha pasado a formar parte de mí. Desde entonces he bebido la sangre de muchos animales y todos los he disfrutado, pero ninguno podrá compararse nunca a esa gloriosa primera vez.