SEGUNDAS PRIMERAS VECES
Ana Moro Delgado | "@mi.taburete"

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No sabía qué esperaba encontrar cuando llegara el momento, pero no era esto. Una luz blanca y brillante me deslumbra a través de la niebla espesa que me rodea. Creo que estoy ascendiendo —dudo que merezca ir hacia abajo—, pero la sensación es tan sutil que no puedo afirmarlo con seguridad. Pienso en mi hogar, ahora abandonado, a la entrada de una pequeña iglesia católica, cuyas creencias entiendo, pero no comparto. Aunque al parecer respecto a la muerte están más acertados que yo.



Pero bueno, es la primera vez que me muero. Lo que yo podía creer eran meras conjeturas y, si había imaginado algo, no es lo que aparece ante mis ojos cuando la neblina en la que floto empieza a disolverse. Una puerta colosal se yergue frente a mí, tan inmensa que intentar ver la parte más alta me produce vértigo. No sé si me asombra más su tamaño o la delicada factura de sus tallas. El estilo es completamente distinto a lo que conozco. Se parece a los monumentos que mostraban los carteles de la agencia de viajes de la esquina, aquellos que los viandantes señalaban al pasar mientras comentaban lo mucho que les gustaría ir a Tailandia o a Myanmar.



A ver, es una puerta preciosa, pero pensaba que el cielo tendría un estilo más clásico. Más… románico. A quién me voy a encontrar aquí, ¿a Buda?



Mis dudas se resuelven al ver a un hombre acercarse. Sus pasos resuenan en este extraño lugar infinito de suelo pulido como el cristal. Agacha su rostro serio y ajado para observarme mientras juguetea con las llaves que le cuelgan del cordón de la túnica. Parece leerme la mente con esos ojos oscuros que tiene. Vaya, san Pedro es un poco más moreno de lo que cuentan.



—Te veo bien —dice sin sonreír—. ¿Cómo te encuentras?



—Como siempre. Lo último que recuerdo es algo cayendo sobre mí. —Giro la cabeza hacia mi cuerpo. Algún descuidado que no miraba por dónde iba. Iría con el móvil, seguro. Me sorprende que se conformen con ser como borregos mientras el gobierno decadente que veía en la televisión de la cafetería de enfrente discute por los derechos de la escoria de la sociedad. Por favor, si ni siquiera son capaces de organizar su país para qué se preocupan de inmigrantes y desviados. Necesitan a alguien que les dirija con mano firme—. Por lo visto no me he movido lo bastante rápido y alguien me ha pisado.



San Pedro se pone en marcha con un suspiro y comienza a explicarme cómo las religiones están interconectadas y no son ajenas unas a otras. Yo lo sigo deslizándome sobre este suelo inmaculado, dejando un rastro de babas al paso de mi cuerpo viscoso.



—Y bien —se interrumpe—, ¿recuerdas cómo funciona esto?



Le miro extrañado.



—¿Cómo voy a saberlo si es la primera vez que me muero?



El anciano arquea una ceja. No parece sorprendido por mi respuesta, más bien resignado.



—¿Cómo que la primera vez, Adolf?