SEMILLAS, RAÍCES Y FRUTOS
MARIA ISABEL GONZALEZ TRAPERO | Nerium Oleander

4.2/5 - (16 votos)

Siempre quiso ser independiente. Su madre se lo había metido en su cabeza a cada rato. “Tú no dependas de nadie, estudia para que no necesites estar con nadie”. Por lo que desde chica había tenido ese deseo de libertad, de autonomía. Tenía un temperamento viajero y sociable, quizás por eso la semilla sembrada de la madre había agarrado más fuerte. Ella, que no había podido tener esa independencia, había hecho todo lo posible para verla en su retoño.

La recordó sembrando hijuelos de cactus y suculentas. Sus favoritos eran los espinosos y unos cactus de erizo de mar con una flor que duraba un solo un día.

Durante mucho tiempo cuando salía con chicos controló el sexo temiendo un embarazo que echara por tierra esa carrera. La madre sobre sus estudios nunca opinó, sabía donde insistir y donde soltar la cuerda, así como sabía cuando trasplantar y cuando regar. Tuvo una sexualidad de piel, bocas y manos que disfrutaba sin riesgos. Esa idea también la sembró la madre.

La primera vez que traspasó esa barrera que había puesto por años fue como una prueba física. ¿Reaccionaría su cuerpo con otro cuerpo? Interesaba más la experiencia que el deseo. Esa primera vez quedó desdibujada con el tiempo. Tardaría en sentir el orgasmo que buscaba y en sentir la conexión y la pasión.

Al final todo eso del sexo no fue mal. El miedo al embarazo, en cambio, tenía una raíz muy profunda. La madre nunca imaginó que la simiente que había puesto agarraría tanto y no sabría que profundidad había alcanzado.

Las raíces de los cactus son livianas, superficiales y ramificadas para nutrirse del agua de las lluvias. Acumulan en su interior el alimento que necesitan teniendo reservas para no depender del clima. A la madre le florecían los cactus, a ella se le morían todos.

Repasa su vida laboral y vuelve a ver ese nombre ridículo de la primera empresa para la que trabajó, saltyvilla. La ilusión con la que fue a aquella primera entrevista, con la que consiguió su primer empleo, el que iba a hacer de ella una mujer libre e independiente. Sintió la falta de aire recordando aquel sótano en el que trabajaba y donde no entraba la luz del sol.

Quince años después sabe que el trabajo mata, aunque no puede negar que le ha dado independencia. Al primer empleo y al primer novio tardó en dejarlos. Los segundos también fueron costosos de deshacer. Con los siguientes fue mejor. Para eso le hizo falta cortar raíces y siempres.

Cogió a la bebé del capazo y fue hacía la ventana. Allí tenía algunas de las plantas que la madre le había regalado.