1206. SEÑALES
IGNACIO GONZÁLEZ PRIETO | GORDON SPLASH

Un pequeño escalofrío, casi imperceptible, recorrió su espina dorsal a medida que avanzaba por el estrecho pasillo hacia su asiento. Divisó a medida que caminaba hacia la fila 15 – tuvo que comprobarlo hasta en un par de ocasiones en su resguardo, cada vez más ojiplático – a un hombre de dimensiones descomunales, realmente inmenso, imponente en definitiva, que sonriendo, le cedió el paso de modo amable a la par que fatigoso para que se sentara en la plaza contigua, la 15E. Era un detalle aparentemente sin importancia, que dificultaría bastante sus planes, pero le hizo recordar súbitamente muchas situaciones anteriores en las que había tenido problemas en presencia de o por mor de alguien bien voluminoso y graso. Venancio, la cosa va a salir mal. Colocó su mochila en el portaequipajes y se sentó, caviloso y dubitativo, ante las 13 horas que le esperaban por delante.
Vinieron a su memoria no solo el tiempo que estuvo interno en el centro penitenciario de la carretera de Aranjuez, tras aquella etapa loca de alunizajes casi diarios, en que los ayunos eran casi forzosos en el comedor debido a la insaciable voracidad de Benny, el morsa, el cual se zampaba literalmente la comida de seis u ocho hombres, dejándolos famélicos por efecto del hambre continuada. También cuando él y su inseparable compadre – el Ríchar – habían atracado nueve años atrás una sucursal del Banco Hispanoamericano, donde por culpa de aquel tipo rollizo y sudoroso, que resoplaba y gritaba como un paquidermo, la policía los capturó debido a que el tipo literalmente se desmayó del susto sobre ellos dos, inmovilizándolos, teniendo que ser rescatados de una asfixia segura entre ocho agentes.
Tenía múltiples ejemplos de mal fario asociados a hombres sobrados de carne. Por eso debería de haber hecho caso a la señal. Que hubiera un pasajero tan orondo en el asiento 15D – taponando la salida al pasillo -, le daban un yuyu e inseguridad máximos. Tendría que haber solicitado inmediatamente bajar del avión, alegando cualquier causa de salud.
A pesar de todo, siguió adelante con su plan. Mejor hubiera desistido. Habría evitado que al llegar a Sâo Paulo, tras intentar secuestrar en el espacio aéreo el Boeing 747 en el que viajaban, todas las fuerzas de seguridad del estado homónimo, con el inmenso capitán Soáres al frente, de 2 metros de alto y 138 Kg de peso, le hubieran estado esperando para hacerle el recibimiento que merecía, en vez del helicóptero prometido con los veinte millones en billetes sin numerar que había pedido por radio.
Ya daba todo absolutamente igual, de seguro que en el penal de Itaí, donde iba a ser recluido, le tocaba compartir celda con alguien procedente de Islandia apodado Gífurlegt Sven (Sven, el enorme), además de por sus dimensiones, por la crueldad que había mostrado al asesinar con sus propias manos a doce personas que le habían despertado inconvenientemente de la siesta mientras jugaban a fútbol. Venancio, estás perdido.