SENTIRSE VIVA
ESTHER GRIÑÓ VERDE | Esther Griñó

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Aunque hacía tiempo que había tomado la decisión, ahora que había llegado el momento una parte de ella no estaba segura. Sus manos nerviosas cogían con fuerza el volante mientras atravesaba una de las principales calles de Madrid para llegar a su destino. Laura había quedado con su cita en un bar para conocerse. Él le había propuesto quedar directamente en la habitación del hotel pero ella prefería conocerlo antes del encuentro más íntimo.

No fue fácil tomar esa decisión pero tenía casi cincuenta años y hacía más de dos que no mantenía relaciones sexuales con su marido. Los dos estaban bien de salud y se querían y mucho, pero en cuestión de tener relaciones nunca encontraban la ocasión o mejor dicho él no encontraba el momento. Su exceso de trabajo y la carga que le suponía estar al frente de un importante bufet de abogados hacía que casi cada noche llegara tarde a casa y lo único que le apetecía era sentarse en el sillón para ver la televisión o simplemente descansar. Laura se engañaba y se decía que cuando llegará el fin de semana cambiaría y podrían estar juntos pero volvían al lunes sin casi haberse tocado. Hasta le regaló un fin de semana romántico en un hotel de montaña con un balneario precioso, pero ni con eso funcionó.

Ella se había preguntado si él podría tener alguna aventura, incluso lo habían hablado porque no era normal que un hombre de esa edad no tuviera ganas de tener ese placer que antes lo volvía loco. Pero lo creía cuando le juraba que solo estaba ella para él. Lo veía en sus ojos que él decía la verdad.

El tiempo iba pasando y Laura simplemente se adecuaba a esa etapa que estaban viviendo como si fuera parte de una vida que todos tenemos que pasar. Hasta que unos meses antes se había despertado dentro de ella el deseo carnal. No sabía si era la edad o porque hacía tiempo que no se sentía deseada, pero su cuerpo le pedía placer. Soñaba con hacer el amor. Se tocaba en esas noches vacías aunque a pocos centímetros de su cuerpo estuviera el amor de su vida durmiendo plácidamente y sin darse ni cuenta. Entonces fue cuando lo decidió… quedaría con un escort. Pagaría por una compañía masculina al menos por una noche. Quería sentirse amada con pasión, sentirse viva, ver que continuaba siendo una mujer deseada aunque fuera pagando.

Buscó por internet y después de varios días contemplando aquellos rostros y cuerpos bien moldeados, se atrevió a llamar a uno de ellos con el que no titubeó para quedar.

Y allí estaba ella, envuelta en crema perfumada con su mejor ropa interior y vestida como si fuera a conocer a su actor preferido. La pregunta era si llegaría al final o simplemente el llegar hasta allí, con él enfrente, sería suficiente para cerrar el juego que por lo menos le había excitado y mantenido ilusionada como una adolescente durante varias semanas.