1306. SER ADULTA
Noemí Martínez Hernández | Una adulta agobiada

Estas son las últimas vivencias de una chica de menos de 30 años que vive en Madrid y que quiere ser actriz… pero a la que le pasa de todo menos eso. Aunque dicen que eso es la vida, ¿no? Eso que pasa mientras haces otros planes.

Dicen que para ser feliz hay que tener salud, dinero y amor, y ahora me dedico a acoger gatos mientras busco trabajo.

Debería empezar otra vez.

Siempre he sido una chica bastante obsesiva según mi madre, pero con la vida adulta aprendes que no puedes controlarlo todo y que tienes que adaptarte a las circunstancias de lo que viene. En primaria, si no me gustaba cómo me estaban quedando los apuntes, arrancaba la hoja y empezaba otra vez… ahora no puedo arrancar las que no me gustan y tengo que seguir escribiendo. Y no me está gustando la experiencia.

Pero, oye… ni tan mal. Hace un mes dimití del trabajo que me estaba dando un sueldo con el que pagar el alquiler, hace dos semanas me dio por empezar a acoger gatos callejeros y parezco la loca de Los Simpson, y hace una semana conocí al novio de mi madre, algo que me hizo replantearme muchas cosas como ¿Cómo es posible que este señor tenga menos ojeras que yo y no se haya operado? ¿Por qué mi madre llega a casa y tiene un maromo esperándola con una cerveza fría y yo a dos gatos callejeros cargándose la alfombra del salón? ¿Encontraré el amor antes de los 50? ¿Lo de que de los 20 a los 30 es la mejor edad lo dijo una Kardashian desde su mansión?

Pero mis expectativas tan altas en el amor y en la vida en general no son culpa mía. Son culpa de las películas con las que me ha criado la sociedad. Y sobre todo Antena 3 a la hora de la siesta un sábado, que ha hecho más daño que Disney.

Desde los 13 años me despierto y lo primero que hago es mirar el móvil porque espero haber heredado un castillo en París a reformar donde el único joven del pueblo (que es jardinero, panadero y médico y está más bueno que el pan) no puede evitar enamorarse de mí y ayudarme a reformar el castillo para convertirlo en un hotel y dejar esta esclavitud de vida para dedicarnos al lujo. O que una tía lejana me llame de repente y me diga que soy princesa de Genovia, que tengo que dejar esta vida mundana y dedicarme a reinar un país tranquilamente.

Me siento engañada.

Pero he decidido respirar, meditar, tomármelo con humor… Y terapia. También he empezado terapia. Mucha terapia.

Yo le dije a la psicóloga que tendría trabajo conmigo. Ella se rió. A los 10 minutos cogió más folios.

Ahora su compañera María nos atiende a las dos.

A ella tampoco le está gustando hacerse mayor.

Gracias María por ser nuestro bote salvavidas. Si te deprimes con nosotras nos hacen precio por Terapia Grupal.