249. SER IDIOTA
Adrián Sabando Rodríguez | Adrián Sabando

La gente es muy pesimista. Dicen que todo va a ir mal; los polos se derriten, la población es cada vez menos inteligente, la contaminación nos asfixia, y lo que es peor, parece que va a volver la moda del gotelé. Yo al menos no necesito más malos presagios, la pandemia me ha dejado cansada y triste, y ya no quiero estar más cansada ni más triste. Necesitamos personas que nos hagan recuperar la esperanza. Dicen: “En los tiempos que corren, solo tienen fe los idiotas”. Sí, a lo mejor, pero a lo mejor tampoco está tan mal ser idiota.
La ciudad, en las mañanas de invierno, es tan gris como el futuro que pintan algunos. Camino temprano, sin desayunar —y el ayuno es mala idea, sobre todo con el estómago vacío—. Llevo un par de meses detrás de mi tío, él no tiene tiempo para atenderme y mis padres no tienen dinero para pagarme la carrera, así que tengo que ser yo la encargada de buscar una solución. “Hola, tío”, le doy un beso acompañando las palabras. Él observa las flores que adornan la fachada de uno de sus restaurantes, habla sobre la belleza de las rosas, a las que ama porque “no se pasan la vida pidiendo dinero prestado”. Titubea sobre la acera. No me esperaba una reacción así, ni siquiera me ha invitado a un café en su propio negocio. Mi madre me ha dicho mil veces que es tacaño, pero confiaba en mi poder de persuasión, soy una de las personas más simpáticas que conozco. Me cuenta que ha vendido uno de sus negocios, tiene dinero de sobra, al preguntarle cuál es entonces el motivo de su reticencia a prestarme dinero, dice: “La confianza, querida, la confianza”. Volvemos al asunto. Sabe que puede darme el dinero, lo que me permitiría graduarme y encontrar un trabajo a través del cual, con suerte, poder incluso ayudar a alguien, aportar algo; o que, por el contrario, podría pasarme la carrera de fiesta, drogándome, y la abandonarla a los dos años después de que él ya haya abonado las matrículas pertinentes. “Confía”, le digo, “Tío, necesitamos creer que puede pasar algo bueno, esto no es una película de Disney, es la realidad, y, como no pongamos de nuestra parte, el mundo se va a la mierda”.
Lógicamente, mi tío se niega en rotundo a ayudarme.
Cómo ir a la universidad sin tener dinero:
1. Consigue dinero.
2. Ve a la universidad.
Paso la tarde buscando trabajo online, es lo único que podría compaginar con los estudios. Lanzo un currículum. “¿Cómo vas a ser comercial y encima por internet? No le venderías un bastón a un ciego”, dice mi madre al oír la noticia. Hincho el pecho a lo Capitán América pero sin tanto valor y sin ese traje ridículo, digo: “Mamá, puedo hacerlo, tengo que hacerlo”. Mi madre contesta que solo una idiota creería que algo así va a funcionar. Lo que no piensa es que, a lo mejor, tampoco está tan mal ser idiota.