1208. SERAPIO ZAMPAGATOS
ESTEBAN CONDE CHOYA | BANDEYA

SERAPIO ZAMPAGATOS
Bandeya

Un día de la posguerra un niño desde su casa vio llegar a su plazuela a un agente de policía que, acompañado de un mando militar, llamó la atención de una mujer que iba con un cántaro a la fuente y le preguntó: “Perdone, señora, ¿sabe usted cuál es el domicilio de Serapio González?” Y el niño, al oír ese nombre, fue corriendo a donde estaba su madre para decirle, sofocado: “Mamá, mamá, un guardia acaba de preguntar a una vecina dónde vive Serapio Zampagatos”. La madre puso un dedo en los labios. “Chis, baja la voz, niño. Y ahora sales por la claraboya del desván y te pasas a la casa de la señá Dolores. Le dices que un guardia anda preguntando por su marido y te vienes corriendo otra vez a casa. Vuela.” El chico subió al desván, salió al tejado por la claraboya, saltó a la azotea de la casa vecina y llamó a los cristales de la puerta. La señora de la casa acudió a los golpes y, al ver al chico, abrió un poco la puerta y se le quedó mirando un segundo. “¿Qué demonios quieres?”, soltó al final. “Na, señá Dolores, que un guardia anda preguntando por su marido. Adiós.” Y el chaval, sin respirar, volvió a desaparecer por la tapia de la azotea. La señá Dolores estaba harta de su esposo, a quien todo el mundo de baja estatura del barrio llamaba Zampagatos, porque en apenas una semana había acabado con todos los gatos de la vecindad, y las familias de los mininos lo habían denunciado tantas veces como gatos había destripado cogiéndolos por el rabo para, tras darles unas vueltas sobre sí mismos, estamparlos contra las paredes. Y todo porque al señor Serapio Zampagatos le gustaba la carne de conejo y, como no había conejos para comer en la posguerra (en realidad había poco que llevarse a la boca), los suplía con gatos, cuya carne, según él, era muy parecida. La señá Dolores ya estaba harta de la letanía que le soltaba la policía por culpa de las acciones de su marido; así que esa vez no le avisó para que huyera como las anteriores por los tejados que daban a las huertas. Sin demora salió al balcón de la plazuela y, al ver al guardia, le dijo que el señor Serapio estaba dispuesto a atenderle. Y le abrió la puerta de la calle para que entrara, mientras ella salia corriendo hacia el puente para tirarse al río desesperada. El guardia traía a su marido un documento en el que se le comunicaba que acababa de ser declarado heredero de una tía lejana suya muy rica que acababa de fallecer en Buenos Aires.