1049. SERENDIPIA
Ezequiel Ardila Barroso | El Gringo

Había llegado junto al gran portón de un bonito restaurante situado entre las calles Prado y del León. La cena era el premio principal de un sorteo realizado por el propio restaurante. Una cita a ciegas entre dos perfectos desconocidos que solo contactarían a través del propio local. Les dije que llevaría una boina gris y una bufanda de lana, que me conferían un aspecto más intelectual. Todo lo contrario a mi atuendo habitual. Llevaría también un libro. Ni mi ex ni yo éramos, precisamente, grandes lectores… bueno, ni grandes, ni pequeños, la verdad. Nuestras lecturas más interesantes se limitaban a los catálogos de los supermercados que encontrábamos en el portal. Por ese motivo, al conocer que estaba entre los dos premiados, me dije que iría a esa cena con una personalidad radicalmente diferente. Quería ser una persona nueva y alejarme de todo lo que me recordara a mi recién finiquitada relación. Incluso, me había dejado para la ocasión, una barbita de tres días que me picaba como un puñado de hormigas. Lo cierto es que nunca había llevado barba, porque, pese a mis 46 años, seguía con una barba adolescente, con más calvas que el césped de una piscina municipal. Nada frenaría mi metamorfosis intelectual. La chica, según el «community manager» del restaurante, iría con un abrigo rojo, cabellera suelta y rubia bajo un gorrito de lana y otro libro. Reconozco que esos detalles, tan alejados de cómo solía vestir habitualmente mi ex, fue lo que más me animó a aceptar el premio. Los nervios se apoderaron de mí justo al agarrar el tirador del enorme portón de madera. Tras animarme a controlar mis nervios y parecer así un hombre seguro, empujé enérgicamente la puerta, con tal mala suerte, que equivoqué la dirección y el portazo ocasionó varios principios de infarto entre los comensales de las mesas cercanas. No fue la entrada discreta que había planeado, pero ya no había vuelta atrás. Avancé sorteando mesas y miradas enfurecidas de clientes que comenzaban a limpiar los estropicios en sus ropas. Al fondo del pasillo, de espaldas y ajena a todo, vi una chica rubia con un gorrito de lana. Movía un libro de un lado a otro de la mesa, como si buscase el lugar más adecuado. Continué acercándome, mientras iba repasando las palabras más seductoras que había ensayado durante todo el día.
-Hola -le dije emitiendo un gallo que, por supuesto, no estaba planeado.
Ella no sé giró, porque observaba mi rostro reflejado en los cristales de las vinotecas.
-Increíble… -dijo, mientras, ahora sí, dirigía su mirada hacia mí, entre extrañada y risueña.
Lo cierto, es que me sorprendió lo bien que le sentaba el pelo rubio. Ella miraba mi barba y mi boina y sonrió sin decir nada. Los dos dirigimos nuestras miradas a los libros y no pudimos contener las carcajadas. Me miró una vez más y añadió:
-Bueno, ¿a qué esperas? Después de todo, hemos venido a cenar con personas desconocidas, ¿verdad?