1115. SERVICIO DE SEÑORAS
ANA COB ZALDIVAR | ANA COB

Dos horas antes, al salir de casa, Elena había ido al baño. Las vueltas por los parkings, encontrar el edificio Ocho y llegar a la entrada norte había resultado un periplo más largo de lo estimado. Llegaba tarde. Y se meaba.
Dentro de la masa colosal que es IFEMA serpenteó entre pasillos de quita y pon en busca de la ubicación exacta donde a las tres en punto de la tarde tenía que dar su conferencia sobre ciberseguridad. Si la vigilaran desde el altísimo techo verían una hormiga moverse rápida, siguiendo su fila, ansiosa por llegar puntual a su cita. Pero el espacio estaba cerrado a cal y canto. Identificación biométrica, cámaras, control de temperatura… todo un despliegue de las innovaciones más punteras del mercado. Obstáculos que apuntalaban el escalofrío que le recorría el vientre.
En cada acceso, un ejército de jóvenes de azul marino y cuidadosamente peinados la recibían con una sonrisa forzada hasta las orejas, como robots con la batería a punto de reventar. Los azafatos se distinguían perfectamente de los asistentes, todos hombres, entre los cuarenta y cinco y los sesenta años, distinguidos seres curtidos en alardear sabiduría y anécdotas de antaño en ferias como aquella. Ninguno de los primeros supo, después de comprobar por enésima vez el código QR de la entrada de Elena, dónde se encontraba la sala de conferencias P.8/10. Con lo clarito que parecía en la invitación.
Hermética, apretando los muslos como si sujetara un billete, subió y bajó tres veces las mismas escaleras por instrucción de dos azafatos distintos. Sabía que ahí no era, pero seguían erre que erre. Se sorprendió a sí misma hablando en un tono más alto del habitual con el chaval que le insistía que era allí mismo, en el rellano entre edificios. Sin embargo, la evidencia empírica negaba la hipótesis: un chiringuito de hamburguesas sangrantes rodeado por una larguísima cola de tipos hambrientos. Eran las dos y cincuenta y seis.
Se asomó y al fondo del pasillo vio la sala. Enfrente, la puerta del baño. Los dos iconos de individuos calvos: uno con falda, el otro con piernas, miraban fijamente a Elena. Tenía tres minutos. Calculó que si daba las zancadas al máximo de la capacidad de apertura de sus ingles optaría a un lugar libre en la hilera de baños. Se abrió paso a codazos, entre varones barbudos que caminaban sin prisa y se reían muy alto ondeando bolsitas atestadas de panfletos y revistas sectoriales. No contó con que la maniobra relajaría su suelo pélvico y le impediría ejercer la presión necesaria para no mearse encima. A pocos centímetros del umbral de la puerta no pudo aguantarlo más. Los sensores hicieron su trabajo de forma casi predictiva. La humedad que tan rápidamente habían detectado se deslizaba tranquila a lo largo de sus medias formando un charco en la baldosa. Un sonido de alarma se hizo eco de la incontinencia de Elena.
Dos minutos después, cuando llegaron los agentes de seguridad, el servicio de señoras estaba completamente vacío.