49. SEXTING
Jorge Santos | Jorge Santos

¿Sabes ese punto de la borrachera, en el que eres consciente de que estás hablando de más, pero no puedes parar? Tu cerebro dice: “¡PARA!”, pero tu boca sigue emitiendo sonidos. Pues el sexting es igual, pero se queda escrito. Lo puedes volver a leer al día siguiente, y al otro, y al otro, y sumergirte muy hondo en tu propia vergüenza.

Esta historia comienza como tantas otras: dos jóvenes, un garito en el centro de Madrid…
Ella se llamaba Esther, él (que soy yo) Marcos.
Ay Esther. Qué mirada, qué pelazo, qué sevillana… espera: ¿sevillana? ¿Sevillana, de Sevilla? Mierda.
-Me voy mañana por la mañana, pero te doy mi número por si alguna vez quieres venir, que en AVE no se tarda nada.- Me dijo sonriente.
En eso estaba pensando yo, no me da para ponerle al burrito el extra de guacamole, me voy a pagar un AVE a Sevilla.
-Claro, te escribo. – Contesté.
No volvimos a vernos. Pero sí que hablamos. Ya te digo que si hablamos, y un día, la conversación fue subiendo de tono. Yo no sabía muy bien por donde me venía, pero de repente estaba haciendo algo que nunca había hecho, y que me he prometido no volver a hacer: SEXTING.
Una persona a la que solo había visto una vez en mi vida, decía cosas MUY específicas sobre mis genitales. Era como leer unas instrucciones de IKEA, pero en este caso yo era el sujeto a montar. Empecé a ponerme nervioso, como cuando de pequeño estás viendo una película con tus padres y hay una escena de sexo.
Decidí entrar al juego pero no sabía muy bien cómo: ¿Qué hago con el móvil? ¿Me masturbo leyendo? ¿Qué soy ahora, un filósofo del S XVII? Y además, tendré que decirle yo también cosas… ¿Pero qué?

-Te voy a acariciar los pechos – le dije.
-No quiero que los acaricies, quiero que los aprietes.
-Vale, los aprieto, los aprieto.
-Quiero que me folles fuerte, que me ahogues.
-Eh… vale, te… te ahogo.

¿Qué es esto? ¿50 sombras de Hacendado? Yo no quiero ahogarla, los accidentes domésticos son una causa de muerte muy común.

-Sigue escribiendo, estoy a punto – Me dice.

¿A punto de qué? Es imposible que esté escribiendo tan rápido con una sola mano.

-¿Y después qué me vas a hacer? – Continúa.
-¿Después? No sé… ¿Te hago un Colacao?
-¿Quieres hacerme un Colacao?
-¿Quieres tú?
-Depende de dónde me lo eches… Quiero mojar tu churro en mi Colacao.

No sé si me dio más grima que comparase mi cosa con un churro o que quisiera meterla en Colacao, pero se me escondió como la cabeza de una tortuga en el caparazón.

-Oh sí, Marcos… Sigue.
-Te voy… te voy a hacer… un Colacao… con muchos grumos.
-Uh, sí, grumos. Me encanta.

¿What?

-Quiero tus grumos, Marcos.
-Claro, claro… todos tuyos.
Puaj.
Y así seguimos un rato, hasta que ella efectivamente se corrió, y yo añadí una nueva adquisición a mi lista de traumitas.
Y esta es la historia de cómo después de treinta y dos años desayunando Colacao, me pasé al Nesquik, que no deja grumitos.
FIN.