Showcooking de pintxos vascos e indigestión emocional
Kelia Vidarte Ojeda | Kelia

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Y allí apareció mi famoso chef, sí, tengo debilidad por lo que veo por ellos. Ya sé que hace unos años uno de ellos me hizo ghosting, pero debe ser que no aprendí la lección. Esos y los hombres de ley, están en mi órbita de últimos ligues de aplicaciones. No sé como lo hago, pero aparecen siempre. Pues resulta que «Arguiñano» supo llamar mi atención con sus dotes culinarios y sus frases hechas. Yo ya me imaginaba como la protagonista de From Sractch, viviendo en Florencia y pasando noches locas con un chef, tremendamente apetecible. Eso de ligarte a un chico, al que se le da de lujo la cocina, es una maravilla, lo que pasa que a veces puede provocarte una indigestión.

Pues resulta que estuvimos mensajeándonos sin parar, un non stop en toda regla. Y además a base de audios, porque menuda vocecilla tenía el niño, podía ser el próximo doblador de voces de Brad Pitt, ¡Que sexy! si es que me abonaba a sus podcast de por vida. Pero claro, no es jamón de pata negra, todo lo que reluce. Bueno así no era el refrán, pero siempre me gusta improvisar. Le propuse la idea de conocernos en la primera cita en una clase de pintxos vascos, me gusta ser original con las citas y pese a sus primeras negativas, al final le pareció una idea genial.

Quedamos primero para una cerves, las primeras tomas de contacto son la prueba de fuego y transcurrió de vicio: conversación interesante, tapas ricas, cervecita de barril. Pero bueno, tengo que decir que era un foodie en exceso y eso me provocó algo de indigestión. Me sentía como en un concurso de preguntas de televisión, cuando tratábamos temas de gastronomía. En los que claro yo, siempre acababa cazada. Pero, no lo tuve en cuenta. Tampoco cuando casi me ahogo con su beso sabor 100% nicotina. Sí, fumaba. No, no soy una nazi anti-fumadores, pero siempre apuesto por sonrisa profident y con sabor a menta. Tras el tapeo de primera toma de contacto, nos lanzamos a la caza de los pintxos vascos. Él, erudito de la cocina, me ignoró durante toda la clase. Así que me tocó sacar mi vena influencer, grabar la masterclass y los pedazos pintxos que nos ibamos a zampar. Parecía que él siempre quería tener la razón, su ego era demasiado grande y su empatía, minúscula como un guisante.

Así que la post clase se consumió en los sabores de un vino tinto, en su idiotez y enfado por mi negativa de no querer terminar con el postre en su casa. Yo acabé con indigestión emocional, pero disfrutando de un orgasmo y precisamente no con él, sino con el mejor plato de ese día: patata, rellena de secreto de Euskaltxerri.