Si lleva curry, todo vale
Pablo Esteban Arderíus | Sancho Panza

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Yo me empeñé en celebrar el encuentro en mi casa. Él ya conocía a mis padres, y no podía alargar más la espera. El problema no era que no quisiera conocerlos. De verdad quería. El problema era algo más estúpido. Por desgracia, aquello estaba grabado a fuego en mi mente. Tenía que superarlo de una vez. Con la falsa sonrisa más auténtica que pude conseguir, le dije que organizaría una cena en mi casa.

Al abrir la puerta me topé con el primer regalo de la velada. Allí estaba su abuela. O más bien la «yaya», como él me la presentó. La señora me saludó con sonrisa arrugada y divertida. Saludando de vuelta, sonriendo, traté de calmarme y me dije que la pobre señora no podría quedarse sola, que por eso la había traído.

Pasamos los cinco al salón para charlar con una copa de vino. La cháchara no fue larga. Comenzaba a notar los nervios en los brazos y el sudor en las axilas, la presión por resultar agradable en el pecho. Me levanté para liberar la tensión del cuerpo, y fui a buscar el pollo al curry que había preparado para ganármelos. Lo serví con cuidado, me senté y me llevé la segunda bofetada de la noche. No tenía sentido. Aquel plato supuestamente umami que me había vendido una adolescente de las redes sabía peor que la comida del colegio. Podría apostar a que la mierda del perro del vecino con una pizca curry hubiera estado más umami. Vi cómo poco a poco las caras de asco se iban dibujando alrededor de la mesa, intentando disimularse. La presión me acorraló. Otra vez me estaba dejando en ridículo delante de la familia de una pareja. «Con la suya no, por favor», pensé. Hubiera deseado desaparecer en ese mismo momento, pero la arcada que no pude reprimir atrajo todas las miradas sobre mí.

Con los nervios ya desbocados y las manos chorreando sudor, traté de llevarme los platos para no humillarme más. Durante la huida, el plato de su madre se me escapó hacia la copa de vino del padre, un tinto que tiñó de un pasional rojo su chaqueta. Agarré como pude la servilleta de la yaya para detener la hemorragia, solo para descubrir con horror que me había llevado el delicado chal de la señora con el zarpazo. Ahora el chal también estaba teñido. Tenía la vista nublada por la angustia, era incapaz de pensar ni sentir. Pero aun así pude oler el humillo que desprendía el fino mantón al quemarse con una vela que había cubierto al apoyarlo. Corrí hacia el baño, a huir del desastre. Había ocurrido otra vez, y esta vez me resultaba imposible asimilarlo.

Oí sus nudillos contra la puerta. La abrí para poder despedirme; estaba claro que iba a volver a casa con su familia. Solo encontré una sonrisa que me decía: «eres la persona más divertida que conozco». Creo que ni siquiera le importó que le vomitase curry sobre el traje nuevo.