SI YO ME SENTARA EN ESA MESA
Alejandro Nieto Cruz | Tortuga marina

1/5 - (1 voto)

Me llamó la atención desde el primer día en que cruzó la puerta del restaurante. La chica tendría veintipocos años, venía sola y su rollo medio bohemio, medio artístico captó de inmediato mi atención: una bandolera cruzada al pecho, un libro de poesía bajo el brazo y una falda larga que se deslizaba con suavidad entre sus piernas.

La acompañé hasta su asiento, le tendí la carta y le pregunté qué quería beber. La chica indicó que con agua era suficiente y me sonrió con una mirada fugaz. Un calambre me recorrió el cuerpo cuando esbozó aquella sonrisa que se grabó en mi mente. No pude evitar sentir una ligera decepción cuando unos minutos más tarde un chaval de su misma edad se sentó frente a ella tras darle dos besos en las mejillas a modo de saludo.

“Bueno, no pasa nada. Es normal”, pensé. Y tan normal. Se acabó volviendo toda una tradición. Al principio pensé que aquel muchacho sería su novio, pero resultó ser en realidad el primero de una larga lista de pretendientes que tuve el desagradable honor de ver desfilar ante mis ojos durante varios meses. Muchos de ellos se exhibían como pavos reales frente a una ansiada conquista que, por el contrario, se limitaba a devolverles una educada sonrisa. En cambio, otros de sus pretendientes sí que supieron tocar las teclas apropiadas. Aquellos eran los días en los que la tensión sexual era tan evidente que, sinceramente, prefería atender otras mesas. Con todo, también hubo muchos días en los que tristemente aquella silla frente a ella no se ocupaba en toda la velada, lo que dejaba a la joven con aquella mirada ensimismada y distante.

–¿Hoy tampoco vendrá nadie? –me atreví a preguntarle finalmente uno de esos días en los que su cita no se presentó.

Me miró por un momento aturdida. Después, la expresión de su rostro cambió mientras asimilaba el comentario y contuvo un puchero melancólico y espontáneo que se dibujó en sus labios.

–Supongo que no –se limitó a responder con tono resignado a la vez que encogía los hombros.

Es difícil de explicar con claridad el vendaval de imágenes, de universos, de infinitos que atravesó mi mente en tan solo unos segundos tras ver su reacción. Un impulso invadió mi pecho.

–¿Te apetece cenar conmigo? –me atreví a preguntar.

Me volvió a mirar con sorpresa.

–¿Cómo?

–¿Por qué no? Te he visto ya varias veces –Mi corazón no paraba de latir–. Tienes pinta de ser una chica muy guay. Estaba a punto de terminar mi turno, así que había pensado que si no tienes……

De pronto, una suave risa brotó de su boca. No entendía muy bien por qué se estaba riendo, pero aun así puedo asegurar que aquel dulce sonido me encandiló por completo.

–Claro. Me parece bien –respondió con una sonrisa–. Me llamo Julia. ¿Y tú?

–Marta.

–Pues encantada, Marta. Espero estar a la altura de tus expectativas.

–No te preocupes –dije mientras me sentaba–. Estoy convencida de que las superarás.