Siempre llueve.
MARÍA O´DONNELL ARMADA | Libra

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—¿Te puedo preguntar algo para un personaje ? No te quito más de quince minutos.

—Eso es poco tiempo, mejor te convido a cenar— contestaste.

Así surgió nuestra primera cita, justo cuando mi vida se tambaleaba por enésima vez y no sabía si tendría fuerzas para aguantar el embate.

—Elige sitio —dijiste.

Barrí para casa. Un restaurante que conocía de una vez que había salido con mis amigas.

—¿Te recojo o nos vemos allí?

Preferí lo segundo. Era un viernes 29 de octubre, lluvioso y desangelado. Mi hogar parecía un hervidero de asuntos pendientes pero de manera mágica y oportuna se arreglaron antes de que saliera por la puerta.

Llegué al restaurante a pie, bajo la lluvia y el viento, pasando por tiendas decoradas con calabazas y telarañas y tuve que vadear los ríos que se habían formado en las calles y que discurrían a gran velocidad.

Al llegar tú y yo no nos encontramos, a pesar de que los dos habíamos sido puntuales. Sólo fue un error pasajero. Nos habían dado mesas distintas y alejadas. Me llamaste por teléfono y lo solucionamos, sentándonos frente a frente. Mi primera impresión fue de pulcritud: ibas bien vestido y bien peinado y seguías teniendo la mirada esa tan difícil de sostener.

Superados los nervios del principio, la conversación empezó a ser cada vez más interesante. No perdimos el tiempo y fuimos a los asuntos centrales de nuestras vidas: amores y desamores, matrimonios y rupturas, familia, trabajos, viajes.. En los quince años que no nos veíamos, habíamos pasado por historias parecidas.

Al rato de estar hablando, apareció una camarera con un sofisticado disfraz de zombie, sonreímos por la sorpresa y le pedimos la cena: verduras a la plancha, salmón, vino y postre de chocolate.

—Nunca me ha gustado Halloween—confesé

—A mí , tampoco.

Empezamos a recordar situaciones del pasado, de cuando éramos jóvenes, de todas las tonterías que hacías y que yo guardaba en mi memoria y tu risa que nunca ha sido discreta se oyó por todo el restaurante. En un momento dado pusiste tu mano sobre la mía y yo no te la aparté.

Trajeron la cuenta, te di las gracias y salimos del restaurante amparados en un paraguas. Mi brazo rodeó al tuyo para protegernos mejor.

—¿Una última copa?—propusiste.

—Claro, las escritoras necesitamos inspiración.

El viento y la lluvia nos hacía juntarnos. Empezamos a callejear pero, uno por uno, los bares iban anunciándonos que iban a cerrar. Al quinto, nos dimos por vencidos.

—Te acompaño a casa.

—Sí, será lo mejor.

Cuando llegamos a mi portal, me susurraste al oído:

—No hemos hablado de tu novela ni del personaje.

—No.. —respondí, dubitativa

—Tendremos que dejarlo para la siguiente cena.

Esa frase era una promesa, pero cuando te vi alejarte bajo la lluvia sin volverte a mirarme, supe que no ibas a cumplirla.