Sifonía
María Isabel Lozano Becerro | Isabel

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El sol se colaba entre las hojas de los árboles, proyectando sombras danzarinas en el camino del parque. Mis manos se crisparon levemente al notar el nerviosismo que me invadía. Habíamos acordado encontrarnos junto al viejo quiosco de música, y allí estaba ella, de pie, bajo la sombra de un sauce llorón. Al acercarme, pude verla con más detalle. Su cabello ondulado caía en cascada sobre sus hombros, brillando con reflejos dorados bajo la luz matutina. Vestía una blusa blanca que ondeaba suavemente con la brisa, y unos jeans que delineaban grácilmente su figura. Era como una pintura viva, una obra de arte en movimiento.

Al notar mi presencia, sus ojos se encontraron con los míos. En ese instante, todo pareció detenerse. El mundo exterior se desvaneció, y solo quedamos ella y yo, atrapadas en un momento suspendido en el tiempo. Sus ojos, de un color avellana profundo, me miraban con una mezcla de curiosidad y emoción, como si ambas estuviéramos a punto de embarcarnos en una aventura desconocida.

La brisa acariciaba mi rostro mientras nos acercábamos para saludarnos. Sus labios esbozaron una sonrisa cálida y genuina que iluminó su rostro. Al estrechar su mano, sentí una corriente eléctrica recorrer mi cuerpo, una conexión instantánea que trascendía el simple contacto físico. Decidimos dar un paseo por el parque, y con cada paso, las conversaciones fluían fácilmente entre nosotras. Cada risa suya era una melodía encantadora, y cada palabra que pronunciaba revelaba capas de su personalidad intrigante. Me sumergí en la música de su voz, dejando que sus historias y experiencias resonaran en mi interior.

El aroma de las flores primaverales nos envolvía mientras caminábamos, y noté cómo mi corazón latía al ritmo de la excitación. No era solo su apariencia, era la conexión palpable entre nosotras, la chispa que encendía el aire con anticipación. El sol continuaba su danza en el cielo, y las sombras proyectadas se alargaban a medida que avanzábamos. La calidez del día se mezclaba con la calidez que surgía de nuestra interacción. Cada mirada, cada gesto, amplificaba la resonancia de esta primera cita.

Al llegar a un pequeño mirador, nos detuvimos para disfrutar del paisaje. El sol descendía lentamente, tiñendo el cielo de tonalidades naranjas y rosadas. Mientras observaba el horizonte, sentí su mirada fija en mí. Me volví hacia ella y, en ese instante, supe que este encuentro era el comienzo de algo especial.

El día avanzó, pero la sensación de esa primera cita quedó grabada en mi memoria. Cada detalle, cada sensación, se entrelazó para formar una experiencia única. Era como si el universo hubiera conspirado para crear un momento perfecto, un encuentro mágico que abriría la puerta a un capítulo emocionante en nuestras vidas.