698. SILENCIO ADMINISTRATIVO
J. ALBERTO PUYANA DOMÍNGUEZ | CAPITÁN

Conocí a Valle en un juicio unos años antes. A su defendido se le acusaba en aquel entonces por la comisión de un delito contra la salud pública y, aun siendo yo el fiscal, no pude evitar empatizar con su causa. No tanto por creer en su inocencia a pies juntillas, como por la zozobra que me provocaban los ojos verdes de Valle cada vez que clavaba su mirada en mí durante mis intervenciones que, a fuerza de insistencia, trastocó mi habitual flema y temple volviéndome timorato, balbuceante y poco elocuente durante cada una de mis intervenciones. Reconozco que me relajé en exceso y no puse suficiente celo en mi labor, y el resultado final de mi desastroso trabajo fue la absolución del acusado, contra todo pronóstico, por el buen hacer de su abogada y, por qué no decirlo, por mi falta de beligerancia en el caso traducida en un poco disimulado pasotismo que no pasó inadvertido a ojos de nadie.
No hubo desde entonces un solo día en que el recuerdo de sus ojos verdes no me persiguiese sin descanso, a cada momento y en cada lugar, martilleando mi mente y socavando mi calma llegando a convertirse casi en una obsesión.
Al cabo de un tiempo, por casualidad, encontré a Valle a través de internet en cierta red social y de nuevo, como si fuese un quinceañero, un extraño hormigueo anidó en mi estómago cortando mi apetito. No podía soportar más esta situación de indefensión. Ni corto ni perezoso, albergué la esperanza de ser premiado por mi falta de actitud pasada y, confiado, elevé mi reclamación de cita correspondiente con la convicción de que esta vez el veredicto estaría de mi parte. Pero su respuesta fue clara: me contestó con un rotundo silencio administrativo desestimatorio.