Silencio
Alaitz Zeberio Vela | Ala 3

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Caminaba por una acera, agarrada de alguien, no sé porque querría escribir sobre esto.



He caminado por muchas aceras, con la sensación y la esperanza de llegar a refugio, la excitación de que algo que cambie, una adicción a mirar lo exterior, no querer ver adentro, habitarme en un incomodada de la que querer huir, escapar, saltar a unos brazos y que estos me sostengan, da igual como estos sean, solo tienen que cogerme, solo tienen que ahuyentar a los fantasmas, solo tienen que hacerme regresar a casa por milésimas de segundo en los que todo es calma. Da igual que me de miedo, da igual que este asustada, esa sensación es preferible a quedarme en casa callada.



¿Y por qué sentiré eso?, se preguntaba esta pequeña guitarra.



Quería ser tocada, no solo para ser usada, si no que en su sonido ella la paz encontraba.



La rareza es que solo con otros sonaba y ella se preguntaba, cuándo van a soltarme estas manos, cuando dejare de sentir sus piernas, esas en las que me apoyo, esas que pensaba me aman.



Da igual que entones mal, o que de tu garganta salgan taras, solo quiero que me cantes, como a una pequeña gitana.



Por dentro ella decía, quédate muy cerquita, allí donde pueda observarte, hasta que sea viejita, no me dejes de abrazar, aunque te parezca planita, tengo un surco en el centro, que quiere hablar desde dentro, pero es que solo resuena al ladito de tu pecho.



Llegaban muchas primeras veces, eran las que más disfrutaba, con sus manos frías y su piel salada, sus dedos aún eran suaves y lo que más le gustaba era que la acariciaran.



Ella ayudaba a todos a buscar nuevas palabras, siendo estas expresadas después de que la rasgaran.



Ni siquiera podía lloran sin que alguien la afinara, tenía miedo al silencio porque se sentía atrapada.



No le importaba quien llegara, ella los escuchaba “Con tu ritmo yo me entiendo, no importa la balada.”



Pero en el fondo, ella buscaba y buscaba, alguien que la conquistara, un intérprete maestro que la música dominara.



Un día sucedió, la temperatura era perfecta, esa en la que la madera se siente sosegada, sin estremecerse, sin agrietarse, sin tampoco necesidad de expandirse, solo relajada, tranquila y pausada.



Allí aprecio, fue una conexión, alguien entro por la puerta, fue la primera vez que se encontraban, aunque la sensación fue tan cercana, como si ya se trataran, el tiempo quizás se paró y por fin el silencio era calma.