314. SIMÓN SIMÓN SIMÓN
JOSÉ MANUEL GONZÁLEZ MARTÍNEZ | SIMÓN SIMÓN

SIMÓN SIMÓN SIMÓN

En un lugar llamado Villanormal habitaba un niño muy redicho. Desde pequeño usaba unas palabras rarísimas para referirse a las cosas más simples:
—Ruego me acerque el cloruro sódico, estimada progenitora…
—Estimo conveniente que se obture de manera adecuada la lámina de vidrio que permite el paso de la brisa nocturna…
—Parece adecuado opinar que esta nueva receta desmerece las innegables cualidades culinarias del chef…
Y cosas por el estilo.
El chico en cuestión, sin embargo, tenía un nombre de lo más normal: Simón, aunque hubiera dado un brazo —o una extremidad superior como él diría— por llamarse Augusto Roberto Francisco Nicanor de Todos los Santos Torcuato Nicolás. Pero sus padres decidieron llamarlo Simón sin importarles que combinado con los apellidos, Simón —por el padre— y Simón —por la madre—, formara un conjunto de lo más repetitivo.
—Su hijo les va a odiar toda la vida —dijo el oficial del registro civil al conocer el nombre elegido—. ¿No será mucho Simón?
El padre de Simón, que se llamaba Romualdo, no hizo caso al funcionario y se mantuvo en sus trece: Simón Simón Simón, insistió.
Aunque pueda parecer lo contrario, a Simón su nombre no era lo que más le molestaba. Odiaba más lo que él llamaba: “su enigmática protuberancia nasal”. Un narigón de tres pares de narices de tamaño directamente proporcional a las letras de su nombre elevadas al cubo.
Sus compañeros de clase se reían de su aspecto casi tanto como por sus palabras y cuando Simón les increpaba diciendo: «Mentecatos, malandrines, chapuceros, melindres, soplaliendres, alambiques, tuerceversos, truhanes, mediopensantes, achicaterrones, mantecosos, soplaventiscas, avientainviernos, sustentamentiras…» y otras lindezas que no entendían, seguían riendo a mandíbula batiente hasta que Simón paraba de lanzarles esdrújulas y se retiraba a un rincón para que no lo viesen llorar.
Viendo los problemas de su hijo, la madre de Simón pensó que todo el problema podía venir del nombre y propuso:
—Si quieres, Simón, podemos ir al juzgado y te cambias de nombre.
—¿Y además, no puedo reducirme, por vía quirúrgica, la probóscide?
—¿La qué…?
—La napia, trompa, apéndice nasal, o cómo la quieras denominar amantísima madre.
—Pero ¿qué dices? Simoncito, si tienes una nariz preciosa, la misma que tu padre, igual que la de tu abuelo, idéntica que la de tu tío Pancracio.
—Pues yo la estimo excesiva para la geometría de mi rostro…
Tanto insistió Simón en su capricho que convenció a sus padres en la rinoplastia —esto empieza a resultar patológico—. Y, una vez fuera del hospital, completaron la transformación con un nuevo nombre más acorde con su actual aspecto: Narciso.
El ahora Narciso, se pasaba el día mirándose al espejo. Suspirando al verse reflejado en los charcos, lanzando besos al aire al reconocerse en los selfies que sin parar se hacía. En cuanto al lenguaje ahora decía:
—La saaaal, vieja.
—¡Esa ventaaaana!
—¿Qué mierda de sopa es esta?
Y cosas por el estilo.
Luego dicen que un nombre no imprime carácter.