SIN ELLA, NADA TENDRÍA SENTIDO
José Luis Acosta Rodríguez | Acosta R. Mendoza

1/5 - (1 voto)

La primera vez que la vi, pasó ante mis ojos sin ni siquiera ser consciente de mi existencia. Caminaba muy segura de sí misma, sin importarle lo más mínimo las miradas indiscretas y los murmullos de escalera. Recuerdo como su perfume lo impregnaba todo a su paso, como aquel olor era capaz de materializarse en la boca dándote la oportunidad de masticarlo poco a poco, sin prisa. Sólo con su presencia fue capaz de poner a mi infancia en entredicho y convertir a la realidad en una verdad desconocida hasta el momento.

En aquella ocasión me pareció inalcanzable. Todos decían que no tenía remedio, que los simples mortales no éramos nada para ella, y que sólo los mejores, eran capaces de besar sus labios.

Cuando se marchó, todas aquellas flores se quedaron huérfanas, y yo, supliqué al futuro que me avisara a tiempo para poder estar preparado antes de volver a verla.

Su indiferencia por lo importante me hizo odiarla con toda mi alma, temerla con el corazón en un puño, y a veces, la deseé tanto, que intenté engañar a mi destino para poder tenerla entre mis brazos.

Ahora, mientras la miro fijamente a los ojos y ella sujeta con fuerza mis manos, pequeños pedazos del pasado dibujan una existencia que pasa rápido, casi fugaz, haciendo inevitable que una sonrisa se haga fuerte en mi cara llena de arrugas.

Me ha costado una vida entenderlo. Sin la muerte, nada tendría sentido.