Sin perdices
Patricia Collazo González | Lucía Anderson

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Ese no es nuestro estilo de familia. Aquí las mujeres no somos princesas esperando ser rescatadas.

Mi madre le soltó su discurso al hombre de capa azul que se había presentado en nuestra puerta. Él puso una elegante bota de piel en el vano para impedir que la cerrara.

Por el resquicio me había visto. Tendió hacia mí el zapato de cristal que traía. Yo lo conocía. Era el habitante de todos mis sueños. Mi primer amor soñado. Pero lo negué. Mi madre aprovechó su mirada dubitativa para cerrarle la puerta en la cara. Yo aproveché la penumbra para secarme la única lágrima que derramaría en mi vida por un hombre.