1018. SIN PROBLEMA
ISABEL CHOZAS GIL | REINA CLARION

Manuel estaba eufórico. Después de muchos años por fin iba a conseguir realizar su sueño: comprarse un caballo. Aparcó el coche en un descampado y entró en la finca donde los vendían. Un niño que estaba jugando con otros encima de un montón de chatarra salió corriendo a su encuentro.

Dame cincuenta euros – le dijo a Manuel. Estaba descalzo y tenía la cara sucia. Manuel se echó a reír porque el niño no debía de tener más de seis años.
¡Cincuenta euros dice! ¡No te jode! Tú sí que prometes, chaval.
Dame cincuenta euros o te rayo el coche -insistió el niño.

En ese momento se acercó una mujer grande, ancha, vestida de negro y también descalza.

¿Qué pasa, Rafael? ¿Quién es usted?
Señora, que el niño dice que le de cincuenta euros y que si no me raya el coche.
¡Bah, no le haga caso! ¿Quiere algo?
Estoy buscando a un tal Armando. ¿Le conoce?
Es mi marido. Venga, le llevaré con él.

El hombre que vendía los animales, se encontraba al fondo del recinto sentado en una butaca y fumando un puro. Seis perros le rodeaban, y frente a él, en el campo, había ovejas, cerdos, caballos y gallinas.

Ahí le tiene -señaló la mujer desde lejos-. Yo me vuelvo para la casa.

Mientras se acercaba hasta el vendedor, Manuel observó los animales. Había varios caballos, pero no vio ninguno negro.

Buenas tardes. Soy Manuel y me manda Basilio, el de la gasolinera.
Buenas tardes -contestó el hombre con el puro entre los dientes sin levantarse del asiento. ¿Le puedo ayudar en algo?
Quiero comprar un caballo.
Muy bien, elija el que quiera. Todos se venden menos aquel marrón. Es una yegua y está preñada.
¿No tiene ninguno más? Es que yo quería uno negro.
Sin problema, don Manuel. ¿Quiere uno negro? Pues yo le consigo uno negro. No lo tengo aquí, pero dígame dónde hay que llevarlo y mañana mismo lo tiene usted en su casa. Serán mil euros, precio de amigo, claro.

Aceptó el trato y a la mañana siguiente el tal Armando se presentó en su casa con el caballo negro. Era un buen ejemplar, joven, estilizado, con el pelo brillante, y a Manuel le pareció que había hecho un buen negocio.
Por la tarde empezó a llover, y mientras contemplaba orgulloso con su mujer el caballo a través de la ventana, ambos quedaron estupefactos al comprobar como, con el agua cayendo sobre su lomo, el color negro se diluía a chorretones y el caballo se volvía completamente blanco.

¡Pero si lo han pintado! -exclamó su mujer sin creerse aún la escena que estaba presenciando. Manuel, no pudo más que soltar una carcajada antes de reconocer ante su compañera:
¡Vaya con el tal Armando! El próximo se lo pido del «Atleti» y te digo yo que me trae uno rojiblanco.