500. SIN UN PORQUÉ
Sergio Cervera Moreno | Todopo

Hacía un mes que Roberto y yo nos conocimos y manteníamos una relación de pareja estable.
Cuando estoy enamorada me gusta cuidar la relación al máximo, llamando diez veces al trabajo para preguntarle cómo está y si se acuerda de mí.
Aquel fin de semana en su vieja casa de Ávila, llevé todas mis cremas, pinturas, depiladora, anticelulitis y lo coloqué en su armario de baño, acompañando a su solitaria colonia y maquinilla de afeitar desechable.
Por la tarde, no se separó de la tele para ver el partido, no pudimos hablar de nuestras cosas.
Le compré dos calzoncillos con el escudo del Real Madrid, para que viera que respeto sus aficiones, lucían encima de nuestra cama de matrimonio.
Mientras dormía la siesta se le escapó algún pequeño ronquido, que me dio ternura, aproveche para cogerle la cartera y romper las tarjetas con nombre de mujer que tiene, ¡hay que eliminar a la competencia!
Examiné su móvil y marqué el número de su madre para presentarme y decirle que estaba dispuesta a pasar con su hijo los próximos cincuenta años.
Roberto se alimentaba de comida basura. Ese finde prepararé comida vegetariana, a base de algas y tofu. Los detalles son importantes en una pareja que se quiere.
Estábamos preparando las cosas para regresar a Madrid, cuando él provocó una discusión que no acabé de entender. Se negó a que dejara el cepillo de dientes junto al suyo, para la próxima vez que viniéramos. No sé si fue por escrúpulos o si tenía un trauma de la infancia.
Le sugerí que quizás necesitábamos asistir a una terapia de pareja y se puso rojo, fuera de sí con la vena azul de la frente a punto de estallar.
Se despidió con un “ya te llamaré”.
Han pasado veinte días, estoy junto al teléfono garabateando su nombre, rodeándolo de corazones, sin entender su comportamiento, algo disgustada y bastante confundida, la verdad.