813. SÍNDROME AFECTIVO-FÓBICO CRÓNICO DE FIJACIÓN INMEDIATA. CONCEPTO, SÍNTOMAS Y TRATAMIENTO
Pablo Holgado Margalet | Esaú Santos

Sansón Gutiérrez tuvo una novia obsesionada con el golf, y como consecuencia de la ruptura desarrolló un trauma descomunal hacia ese deporte. Toda alusión al golf le ponía enfermo, y no soportaba ver palos de golf, pelotas de golf, polos y gorras de golf, y menos aún a los propios golfistas. Le aterraban. Incluso en una ocasión terminó destrozando la televisión de un bar porque apareció en pantalla una entrevista a Tiger Woods.
Hojeando un manual de enfermedades psicológicas diagnosticadas descubrió que sufría del llamado «Síndrome afectivo-fóbico crónico de fijación inmediata», una singular dolencia que resultaba de la asociación de un concepto, situación o materia con un recuerdo traumático vinculado a ello. Como resultado, los afectados no respondían de sus actos cuando se hacía referencia a ese algo en específico, ya que les traía de vuelta al magín el resabio de una experiencia insatisfactoria. El efecto era casi siempre el mismo: una agresividad parecida a la rabia perruna. Con espumarajos incluidos.
El siguiente paso fue buscar ayuda. Sansón Gutiérrez la encontró en manos del famosísimo doctor Hernández, una eminencia de la medicina moderna que precisamente había versado su tesis en el tratamiento del «Síndrome afectivo-fóbico crónico de fijación inmediata». Había abierto hacía poco un centro de rehabilitación, y el tratamiento consistía en terapias grupales con los demás afectados por el módico precio de cinco euros la sesión.
Cada martes, los pacientes (unos treinta) se reunían en corro. El método era sencillo: debían entablar conversación y compartir así sus experiencias. Podían hablar de todo. De todo excepto, claro está, del golf, los parques de atracciones, la tortilla de patatas con cebolla, el Opus Dei, la geometría euclidiana, las carreteras de doble sentido, las setas, las vallas electrificadas, los días de sol, lluvia y tormenta, la arquitectura de Le Corbusier, las jornadas laborables, los domingos de sobremesa, la comida hindú, las carreras de galgos, los puzles, las películas de los ochenta, la literatura del Siglo de Oro, los cajones de doble fondo, las corbatas a cuadros, la discografía completa de The Smiths, las bicicletas, cochecitos y triciclos, los pijamas de una pieza, la Alemania de Weimar, la fauna salvaje, los atascos urbanos y los febreros de veintinueve días. Por lo menos.
Sorprendente o no, el tratamiento acababa transcurriendo en un absoluto silencio, con los pacientes mirándose los unos a los otros con expresión alelada. Mientras tanto, el doctor Hernández fingía apuntar cosas en una libreta, pero en realidad se empleaba en diseñar cepos especializados para cazar comadrejas. Después la cerraba y daba por concluida la sesión.
– Hasta la siguiente semana, chicos – se despedía en tono paternal. – Qué bien se recuperan mis muchachos. Vamos muy bien. ¡Seguimos, seguimos!
Y al embolsarse los billetes dejaba bien claro que el dinero no generaba en él ningún tipo de «Síndrome afectivo-fóbico crónico de fijación inmediata».
(Se espera que, en un futuro próximo, y dada la demanda de tratamientos, estos centros de rehabilitación se extiendan por todo el país.)