SÍNDROME DE RENDFIELD
PEDRO RUIZ HERNANDEZ | Pedro

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Papá suele ser muy persuasivo, pero con Marta no le hizo falta insistirme demasiado; sólo le bastó un pequeño empujoncito para que tomara la decisión. En realidad, no era una buena mujer para mí. Guapa, simpática e inteligente; de familia humilde, pero bien posicionada. ¿Qué más se le podía pedir? Sin embargo, había algo en ella que no terminaba de convencernos a ninguno de los dos: esa manía obsesiva de ir siempre provocando por ahí. No soportaba su sonrisa cómplice cuando los hombres y mujeres la miraban de esa manera lasciva, desnudándola con los ojos.

«Hijo mío», me dijo cuando le enseñé la fotografía, «tráela cuanto antes».



Con María, la cosa fue muy diferente: ella sí me gustaba de verdad. Me hacía reír a todas horas, y era muy feliz a su lado. Cuando me dijo que tampoco servía para mí, tuvimos una discusión tan grande como el día que murieron mamá y mis dos hermanas. Ellas fueron las primeras; la prueba piloto. Papá lo puso todo perdido de sangre, y me enfadé muchísimo con él. Además, nunca hubiese esperado que les hiciera nada. El pobre está muy enfermo.

Lo de mi familia no fue una gran pérdida. Ya estaban muertas cuando llegué a casa; resultó una sorpresa desagradable, pero, al fin y al cabo, no aportaban demasiado; siempre estaban asustadas. Encima, querían encerrar a papá. Pero María… Al menos a ella no tuve que drenarla yo. Con el tiempo, he ido perfeccionando la técnica. La verdad, lo que más me molestaba era cuando llegaba la hora de la limpieza; me resultaba fastidioso tener que fregar toda esa sangre. Así que empecé a investigar por internet y, al final, me fabriqué mi propio aparato transfusor. Internet es uno de los avances de la tecnología que me tiene maravillado; las páginas de citas



ayudan mucho. Después de la número doce —Patricia, creo—, conseguí que papá contuviese sus impulsos: le hice entender que, con el drenaje, aprovecharíamos hasta la última gota de sangre.

Ya casi hemos llegado. Si no me fallan los cálculos, tú debes ser la número veintisiete. Siempre me ha gustado esa cifra, me resulta mágica. ¿Sabes cuántas estrellas del rock han fallecido con esa edad? Bueno, tampoco se lo vas a poder contar a nadie; en cualquier caso, a mi padre. Pero dudo que te dé tiempo, hace bastante que no se alimenta. Es una pena que sólo podamos tener esta primera cita.