1068. SINFORIANO GRISURA, ESCRIBIENTE MUTANTE
RAÚL CASTAÑÓN DEL RÍO | CONDE CORADO

No se podía decir que el señor don Sinforiano Grisura estuviese muy conforme con su vida. Más bien al contrario, no dejaba de lamentar su suerte desafortunada. Había hombres de una sola cara, de una sola pieza, de una sola mujer, incluso; pero Sinforiano no era de esos, Sinforiano era un hombre de una sola ceja. Sus grandes orejas caídas y su porte desgalichado tampoco ayudaban. Además de ese físico poco agraciado, tenía en poca estima su trabajo de chupatintas gris en un despacho misérrimo de una casa fabricante de baratijas. Ante las continuas quejas de don Sinforiano por su escaso sueldo y su nulo atractivo para las mujeres –que redundaba en la sola compañía de la compañía que lo empleaba–, su jefe lo sermoneaba. Apreciaba sinceramente a don Sinforiano, pero lo embromaba por sistema, comparándolo con bicharracos como el escarabajo de Samsa o algún batracio llorón de cuento de hadas y transformación principesca lejana todavía. El jefe subrayaba las bromas deseándole a don Sinforiano alguna metamorfosis favorable gracias a algún genio o hechizo benefactor.
Pasaron años así, entre lamentos, comparaciones y deseos de sortilegios felices, hasta que un buen día al jefe casi se le atragantó la guasa cuando al término de cierta jornada vio salir del despacho de su empleado no un príncipe, sino una princesa o poco menos. Rubia, elegantemente escotada, despampanante; y con un contoneo de quitar el hipo. Aquello tenía que ser una alucinación. Cuando a primera hora de aquel día don Sinforiano le había dado los buenos días, ni se había hecho la cirugía estética ni tampoco tenía cara de haberle tocado la lotería. Aquel bombón podía haberse colado sin ser vista, vale; pero lo que no tenía ni pies ni cabeza era que saliese así vestida del lúgubre despacho de don Sinforiano. O la rubia obedecía a una especie de apuesta, o había entrado en juego el mismísimo genio de alguna lámpara verdaderamente milagrosa.
Ansioso, el jefe corrió a interrogar sobre el particular al quejica de su empleado, pero encontró su despacho vacío. Eso también era muy raro, pues don Sinforiano nunca se ausentaba sin pedir permiso. Miró en el cuarto de baño, pero tampoco estaba allí.
La resolución del misterio fue insólita, tan digna de la magia más descocada y gamberra como impropia del respetable y anodino don Sinforiano. Él mismo se tuvo que presentar porque estaba irreconocible; más aun: ¡irresistible! Su jefe no daba crédito y casi le da un patatús al oírlo, pero resultaba que por fin sí, que don Sinforiano iba a hartarse de ligar a partir de ahora. La suerte de don Sinforiano y su macilenta grisura habían virado a dorado al completarse la transformación. Aunque pareciera mentira y cosa de duendes, a falta de otra explicación más creíble, habría de aceptarse lo declarado con voz ronca por aquella rubia espectacular. La misma que, en un alarde de coquetería cien por cien femenina, se retocaba tras el beso los morritos con el lápiz de labios sacado del bolso.