SOBREDOSIS DE BELLEZA
Carmen Miguel Juan | GRETA NILO

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Finalmente me decido. Estoy en Florencia. Aquí vive él. Le dejé hace cinco años.

Me recoge en el aeropuerto y me lleva hasta su casa en donde me hospedo durante mi estancia. Él no sabe la intención de mi viaje: intentar recuperar la relación que rompí; confesarle que, desde hace meses, pienso en él a diario, y que, cuando lo hago, una tristeza infinita me invade, un dolor oprime mi pecho, me falta el aire. Seguramente, así se sentía él cuando me fui.! Qué ironía!

Se comporta de forma atenta y afectuosa, pero, a la vez, distante y algo frío. La herida que causé fue profunda.

Pasamos unos días juntos: cervezas y almuerzos con conversaciones interminables en el Cabiria, paseos a lo largo del Arno al atardecer, visitas a iglesias con frescos renacentistas bellísimos en los muros de sus ábsides y otros lugares de ensueño junto con salidas nocturnas en la Florencia más underground.

La complicidad entre ambos sigue intacta pero su sutil indiferencia hace que no encuentre el momento adecuado para hablarle de mis sentimientos. Los días van pasando y me bloqueo cada vez que intento abordar el tema. En mi cabeza reina la confusión. Pasan los días. Pierdo una oportunidad tras otra de iniciar la conversación que quiero. La cobardía y la culpabilidad se apoderan de mí, me paralizan.

Llega el último día de mi estancia. Sigo sin poder expresar mi secreta intención. Me desespero. Prácticamente desisto de mi objetivo.

Vamos caminando desde el centro a una basílica ubicada en una de las colinas florentinas repletas de cipreses, en el punto más alto de la ciudad. Al llegar entro sola en la pequeña iglesia. Él prefiere esperar fuera. Camino silenciosamente hasta llegar a una cúpula azul veneciano con brillantes estrellas doradas. Es de una belleza extrema, abrumadora. No puedo apartar mi mirada de la cúpula estrellada. De repente necesito sentarme. Mi cuerpo se desestabiliza: mi ritmo cardíaco se eleva, sufro palpitaciones, temblores, experimento una felicidad inmensa junto con un ligero vértigo. Comprendo que se trata de mi primer encuentro con el Síndrome de Stendhal.

Salgo de la iglesia con paso titubeante, con miedo a caerme, con lágrimas en los ojos. Pero una idea clara invade repentinamente mi lúcida mente: «ahora mismo hablo con él». Mis miedos se han quedado atrapados en aquella constelación de estrellas de oro con fondo azul. Y, decididamente, me dirijo al banco de mármol donde él me espera pacientemente sentado leyendo el periódico.

Y entonces….…