SOFÁ Y HIELOS
PAOLA TEJERINA SARASÚA | PAO

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El carmín de los labios se había corrido por el mentón. Al fondo, un portazo remueve las paredes de la casa. Sus manos se mueven en el aire, temblorosas, mientras contempla el abismo de realidad con el que convive. Su mirada se disipa en un ambiente hostil mientras el teléfono brilla en la mesilla. Se levanta del suelo, corre sin aliento mientras el parqué vibra esperanzado. Al otro lado el médico, con legítima frialdad, comunica el mal presagio. Su cuerpo transformado en un estallido silencioso cuelga el teléfono. Se prometió no volver a llegar tarde. Ni a su vida, ni a salvarlo.



Años antes , su vestido color lila y un perfume francés se entremezclaban con la emoción de la primera cita. Llevaban hablando un par de semanas. Las suficientes para saber que a él no le gustaban los sitios ruidosos y ella era más de pueblo. Sus agitadas rutinas, los viajes a deshora y las rarezas que no vemos cuando llevamos dos semanas hablando con alguien que nos interesa, han llevado al vino y a la flores de esta noche. Sale por la puerta. Revisa en alto que en el bolso estén las tarjetas y las llaves. Resuenan los tacones , el vuelo de su vestido viaja por las escaleras y el taxi frena en el portal. Quedan 10 minutos para la reserva. El tráfico agita el caos de un Madrid que nunca duerme y su reloj baila en una memoria que ansía una vida sin contemplaciones y con ganas de ver el amor con ojos de novel. Se desespera por el desorden de la calle, todo el mundo quiere llegar primero siempre pero ella esa noche se siente por encima de cualquier prioridad ajena. Mira el cristal, luego el móvil. Así unas 10 veces. El conductor sube el volumen de la música, sabedor que el silencio nunca ayuda en estas situaciones. No quiere llegar tarde la primera vez, es de una torpeza y falta de elegancia a la que ella no quiere acosumbrarse. Al fin el coche se detiene, en el restaurante ya está él. Se extiende su cara hacia el cuerpo de ella. Sus bocas nunca habían estado tan cerca. Le retira con una suavidad casi innata el abrigo de piel y suben a la primera planta. A los dos les gusta el vino. El camarero se acerca con una botella de la rioja alavesa. El roce con la copa, chocando triunfalmente con sus deseos más impuros, hipnotiza sus voces al tiempo que se miran, permisivos por estar compartiendo la ligereza de una intimidad conjunta. No disimulan las ganas de rozarse, sus piernas brotan desde el suelo y rebotan contra la mesa de roble. Por encima de ella, sus manos vírgenes se acercan, sin premisa

ninguna, entrometiéndose en la noche. Así, entregando su existencia en cada respiración, rompiéndose y atravesándose en cada latido sin margen, en cada ventana sin heridas, se revuelven en un instante abierto y dilatado dos personas que han decidido elegirse por primera vez.