SOL DE PONIENTE

Esta tarde, con más de cuarenta, -años, amantes, polvos furtivos, porros debajo de una escalera, melopeas callejeras…- he experimentado una auténtica y preciada revelación:  He descubierto que también siento, que soy capaz de llorar, esta tarde he tocado el cielo.
Nos encontramos en la playa, estaba desierta.  Le pregunté lo que pensaba hacer.  Por su silencio pensé que no quería darme una respuesta.  Me equivoqué.  Sencillamente, no sabía qué hacer con su vida después de todo lo que había descubierto en los últimos meses. 
Me salió besarlo.  Lo besé.  Lo besé como debí haberlo hecho durante muchos años.  Me sentí feliz y a la vez, contradictoriamente desdichada.  La vida había sido más que injusta con conmigo, y con él, y con todos nosotros…
Recordé a mi hermano… no había cumplido los veinte…
Y no fue para nadie.  Y me pregunté ¿Quién tuvo a quién? Nadie.  De allí todos salimos perdiendo.  No ganamos nada, aunque aparentemente pueda parecer lo contrario.
Lo volví a besar.  El correspondía mi gesto.
Y yo volaba.  Sin despegarme de la arena estaba volando.  Estaba en el cielo.  Lo había sentido en mis labios.  Ahora que ya los tenía fuera de la circulación, ahora que ya no era ni una sombra de lo que un día fui.  Me sentía como una ladrona robando algo que no me pertenecía, que no me tocaba vivir a mí.  Pero era lo que sentía.  Y lo sentí.
Y de nuevo lo besé.  Y noté como mi corazón latía con más fuerza que nunca.  Por un momento creí que se rompía.  Que había llegado el momento de morir…
Y lo abracé con fuerza.  Como nunca abracé a nadie.  Ni tan siquiera a él.  El pasado parecía no haber existido nunca.  Los años no habían pasado.
Estábamos en mayo de setenta y seis y no había pasado el tiempo.  No recordaba nada.
Y lo volví a besar.  Y lo abracé aún más fuerte.  Y él continuaba en silencio.  Pero su silencio hablaba por él.  Y empezamos a besarnos de otra forma.
Y nuestro color gris empezó a cambiar.  Su cabello se tornó rubio, como cuando era un crío. Su piel blanquecina empezó a cobrar luminosidad…
Y nuestros fluidos cada vez se entrelazaban más.  Y sin hacer esfuerzo alguno nos sentimos solo uno…
No hizo falta movimiento, ni sudor, nuestros fluidos se enredaron solos, nuestro cuerpo sincronizó nuestros latidos y nuestra mente se iluminó ante el sol de poniente.
 
La hija del gorrión