Sola
Julia Serrano | Moomin

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La música la rodeaba. Se sentía viva y llena de energía. Alrededor, decenas de muchachos de su misma edad bailaban, se chocaban, se rozaban, haciendo que cada encuentro fueran chispas.

El sudor se le pegaba a la piel, el pelo le rebotaba contra la espalda y tenía los pies doloridos de tanto saltar y moverse por la discoteca. Mucha gente la miraba, ella no los miraba, tenía los ojos cerrados dejándose llevar por la música, el olor a alcohol y el humo de los cigarros de la gente.



El local se vaciaba, ella veía esa oportunidad como una ventaja para bailar más ancha. Giraba sobre sí misma, extendía los brazos, invitando a alguien a unirse, salvo que no iba a entrar nadie puesto que su libertad solía asustar al resto. Había venido sola, bailaba sola y disfrutaba sola, los hombres temen a una mujer libre, y ella lo sabía. También disfrutaba eso.



Esa era su noche. Se había invitado a salir, se había puesto su mejor vestido, sus mejores zapatos y la discoteca, la música y el ambiente le pertenecía a ella. Ella era del mundo y el mundo era de ella. Se había dejado en casa la vergüenza, el miedo y la ansiedad, aunque quizás le acompañaban, pero ya eran tan pequeños que se había olvidado de lo que era sentirse observada.



La luna la observaba bailar, el sol no quería salir para que ella pudiera seguir disfrutando. Bailó hasta la mañana, rió hasta que salió el sol, que iluminó su mirada radiante, aunque se hubiera pasado la noche despierta, dando saltos sin parar.

En tan solo una noche se había conocido más de lo que había conocido a sus antiguos amantes. Se había amado más. Había un placer oculto en aquello que llamaban soledad, y ese placer no se lo podría haber dado el sexo. El clímax de una pasión que se encontraba dentro de ella y que no encontraría en manos de nadie.

Se amaba, y amaba a su amante secreto llamado soledad.