Somos tres en mi primera cita
Carmen Serrano Climent | Cerler

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Ir al teatro con María es fantástico, siempre te descubre obras innovadoras y, además, estar con ella es una fuente inagotable de anécdotas. Así es que, una vez más, fui con ella al teatro sin ni si quiera saber qué iba a ver.



La obra transcurría con normalidad, hasta que uno de los actores, teatralizando un secuestro, amenazó con sacar a una persona del público al escenario. Para sorpresa y risas de María, el rehén fui yo, con lo cual me vi arrastrada al escenario, con un potente foco de luces apuntándome, y una violencia simulada que, aunque al principio me sentí nerviosa, pronto me dejé llevar por la emoción del momento y me sumergí en el papel de víctima, ganándome la compasión y aplausos del público.



Al terminar la obra, María tenía que ir urgentemente al cuarto de baño. Con lo cual, ante la cola que había, yo le dije que le esperaba en la entrada del teatro. Armada de paciencia por la previsible espera, saqué mi móvil y vi que está sin batería. Bueno, pensé para mí, a esperar viendo salir a la gente (e imaginarme sus historias, tal y como suelo hacer en los aeropuertos).



Mientras esperaba, observaba a las personas salir del teatro, entre risas y comentarios sobre la obra. De repente, un hombre se me acercó.

«¡Felicidades por tu actuación! Eres increíble en el escenario», dijo el desconocido con admiración y una pícara sonrisa. Me ruboricé ligeramente, agradecida por el cumplido. «¡Gracias! Fue una experiencia surrealista».



La conversación fluyó entre risas y comentarios culturales de la obra, y me sorprendí al descubrir lo fácil que era hablar con aquel extraño. María llegó, y sin dudarlo, le dio dos besos en la cara para saludarlo y se autopresentó: Hola soy María, ¿de qué os conocéis? Yo observaba la escena con curiosidad, María tiende a ser tímida, y se había plantado entre nosotros dos, que estábamos hablando muy amistosamente, quizás demasiado para una primera conversación.



Se notaba que Nicolás, mi nuevo amigo, estaba realmente interesado en seguir la conversación, y propuso continuar en un bar cercano. Íbamos andando por la calle y mi querida María, normalmente discreta y educada, se iba metiendo en la conversación, interrumpiéndonos… Hasta en el bar se sentó entre nosotros dos.



Pero nuestras miradas se iban cruzando cada vez con más intensidad, la conversación era cada vez más agradable, y la energía entre Nicolás y yo se iba desbordando. Lo peor es que parecía que María no percibía nada. Ella seguía queriendo ser el centro de toda conversación, y hasta de la mesa, interrumpiendo claramente el movimiento de las manos de Nicolás, que buscaban las mías, pero ella no se daba cuenta. Tardó en percatarse.



7 años después, Nico y yo seguimos felizmente juntos y siempre decimos que nuestra primera cita fue un trío. Y, sobre todo, un domingo ordinario que se convirtió en una cita inolvidable.