319. SOS DENTAL
Eduardo José Viladés Fernández de Cuevas | Montagut

SOS DENTAL

Tengo las carnes flácidas y soy feo con avaricia. En la calle, la gente se vuelve cuando pasa por mi lado y, si reúne la sangre fría para observarme, jamás me mira de frente. Se concentra en mis orejas, en el cuello de la camisa, en el pavimento o en el escaparate de la tienda de ultramarinos adyacente. Quien osa dirigirme la palabra baja el tono de voz, como si se hubiese cruzado conmigo en un velatorio o en una biblioteca, y solo lo alza cuando se despide, una vez zanjada la conversación. Para más inri, mi madre me puso de nombre Eustaquio. Me llevaba al colegio cubierto con un pañuelo porque no quería que su reputación cayese en picado en el vecindario. Nunca lo entendí, ni que mi madre fuese Farah Diba, era incluso más desagradable de ver que yo, aunque hacía mucho ejercicio desde que en los ochenta se volvió adicta a los vídeos de aeróbic de Jane Fonda. También contaba con un gran punto a su favor: su dentadura. Aunque era fotogénicamente irregular, tenía los dientes muy blancos y perfectamente alineados. Mi madre, santa mujer, siempre decía que su hijo estaba a medio hacer, de hecho aseguraba que había sido engendrado un domingo por la tarde con desgana.
Mamá es dentista. Cobra un ojo de la cara y a mí solo me hace un 5% de descuento, de ahí que jamás haya seguido sus consejos para conseguir una boca sana. Creo que hace 40 años que no me miran las fauces, cuando era pequeño mi madre me dio un sartenazo una noche que llegó borracha y me dejó sin dientes. Eran de leche todavía, pero se sintió mal consigo misma y me llevó a su consulta para enderezarlos. Se quedó con la paga de ese mes que me daba la abuela…
No bebo agua, solo ginebra. Nunca he probado una pieza de fruta ni un gramo de verdura. Los sabores exóticos me producen sarpullido. Una vez mamá me dio una pera y estuve devolviendo un día entero. El grueso de mi alimentación se basa en gominolas y grasas saturadas. La leche y los yogures me dan arcadas. Tengo un diente en Cuenca y otro en Valladolid. Aunque el sartenazo afectó solo a los dientes de leche, al parecer motivó que los de adulto no se fijasen correctamente. Maloclusiones. Creo que mi madre mencionó esa palabra, la verdad es que no me acuerdo, cuando se pone a hablar de odontología desconecto.
Mi aliento huele a tubería, supongo que es consecuencia de no lavarme los dientes y de los trozos de pizza acumulados en los molares. Como no podría ser de otra manera, soy virgen. Tengo 47 años y no he estado jamás con un hombre. Ni siquiera en mi imaginación. Lanzo, por lo tanto, un mensaje a la comunidad odontológica internacional para que me arreglen la boca. Gratis, por supuesto. Ni siquiera podré pagar en especias. ¿490 palabras ya? ¿493? Lo que deseo es… ¿Ya 500?