643. STOCKHOLM
Pedro López Pérez | piterloriz

–El chino es lo único abierto –dijo ella–. Es nochebuena.
–Cada vez hay más gente que no cocina en nochebuena.
–Ya, pero el resto de restaurantes estarán todos reservados.
–Eso sí
–¡A quién se le ocurre discutir con tu hija en nochebuena! ¡Y a quién se le ocurre poner de patitas en la calle a su madre hoy!¡Manda narices!
–Como si fuéramos los primeros. Además reconoce que es intolerable que una hija hable así a su madre, por muy invitada que esté en su casa.
–Pues mira, sí, te lo reconozco –dijo él, levantando el dedo octogenario–. Pero en nochebuena se discute con los cuñados, con los suegros, con las nueras, con los perros, con los nietos, o con la Guardia Civil si se tercia, pero no con las hijas. Ya ves, aquí estamos, tú discutida con tu hija y yo muerto de hambre. Vamos al chino, que será el único sitio donde nos sonrían esta noche.
Casi no se veía a nadie por la calle. Los típicos que se les ha ido la mano con el champán antes de cenar y poco más. De vez en cuando alguno se quedaba mirando un escaparate iluminado entre la niebla. La pareja veía salir el vaho de sus palabras.
–Luego podíamos ir a la misa del gallo –dijo él, echándole el brazo por el hombro.
–Espero que entre en razón antes y nos deje volver a casa.
–Ya, pero si no, pues nos vamos a la misa del gallo. O buscamos un hotel.
–Entrará en razón, ya verás –dijo ella–. Era por aquí, ¿no? Por esa calle.
–Creo que sí –dijo él. Anduvieron unos metros en silencio. El problema, y la ventaja, de convivir con la misma persona durante muchos años es que no necesitas hablar para saber lo que piensa la otra persona.
–¡Tenía que decírselo, no me digas nada!¡Por Dios, no me digas nada!
–No te he dicho nada.
–Pero lo pensabas, así que como si me lo hubieras dicho.
–Pero no lo he dicho. A mí todo lo que hagas me parece bien.
–Pues ya podías llevarme la contraria de vez en cuando, que nos iría mejor. Mira, ahí está el chino.
–¿Qué vamos a comer?
–Vino –dijo ella–. A mí lo único que me apetece es un vino.
–Si me llegan a decir que me botarían de una casa porque mi mujer y mi hijastra se han enfadado por quién es mejor, si Maradona o Messi, me echaría a reír y no pararía hasta reyes.
–¡Es que no vas a comparar, Mariano, por Dios! ¡Por Dios!