1221. STRESSY, UN ALIENÍGENA ESTRESADO
MARIA ANGELES VICENTE MARTINEZ | Angels Bemar

Stressy era un alienígena de aspecto raro. Sus rasgos ya diferían de sus congéneres, generando sorna y escarnio allá adonde fuere.

Su labor fundamental era supervisar los mundos retrógrados existentes por el vasto cosmos con el fin de evitar su auto exterminación involuntaria (o no).

Se fijó en un pequeño planeta azul, llamado Tierra.

«¿Sabes qué? Iré con los terrícolas. Con los problemas que tienen, no me harán ni caso», pensó convencido.

Treinta milisegundos después, ya se encontraba en medio de la capital escocesa. El nombre le recordó a un hembra que no le despreció cuando le propuso intercambio de esporas.

La diversidad variopinta de dicha ciudad enseguida le cautivó, y su famoso Whisky le emborrachó. Era uno más entre todos aquellos jóvenes del pub. Se vio rodeado de grandes hombres hablando en una lengua extraña (como si su lenguaje fuera comprensible). Se lanzaron sobre él al más estilo holligan al escucharlo reír; risa que se sentía como una sinfonía, pero no de Beethoven, sino de pedorretas.

Tras la trifulca, Stressy salió escopeteado y apareció en mitad de la ciudad de Sevilla.

Con aquellos andares iguales a los de Chiquito de la Calzada y aquella entonación como si viniera de la Galicia más profunda, causó la curiosidad de la población sevillana, quienes corrieron tras él enfurecidos cuando al echarse un cante uno de ellos, Stressy empezó con su sinfonía.

Stressy no comprendía porque cada vez que reía los humanos querían apalearle. De nuevo, debía desaparecer.

Apareció en medio del Camp Nou. Un partido entre el Real Madrid y el Barça se estaba debutando, siendo el más importante de la historia del fútbol. Stressy, que vio como los jugadores corrían tras una pelota, quiso echarles una mano. Corrió junto a ellos hasta que alcanzó el balón. El público enloqueció y bajaron hasta el campo para acabar con aquel extraño ser que acababa de fastidiar el partido más importante.

Llegó un punto en el que Stressy empezó a sentir que le faltaba el aire. Al parecer estar entre humanos estaba comenzando a estresar al pequeño y extraño ser, quién creyó inicialmente que pasaría desapercibido, pero no dejaba de liarla parda en todo momento.

Se dio una última oportunidad para completar (iniciar, más bien) su misión. Apareció en Kenya. Los hombres de la tribu Masai estaban en círculo e iban poniéndose cada uno de ellos en el centro para ver quién saltaba más alto. Stressy, con aquella ingenuidad que le caracterizaba, creyó que querrían alcanzar algo; por lo que se entrometió. Saltó más que el chico que estaba con el ritual, lo que provocó la admiración de sus amigos, pero la ira del chaval. De nuevo, Stressy se vio en el blanco de la ira de un humano. Agotado de la especie, decidió regresar a su planeta del que jamás debió haber salido.

«¡Qué perdidos están los humanos! Son un caso perdido», pensó mientras reía y sonaba la sinfonía de pedorretas.