Su primer Cohíba
Luis Ruiz Calvo | Apiru

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SU PRIMER COHÍBA



Arturo miró a través de la ventana. Uno de los visillos, levemente abierto, permitía observar el interior. De frente, una alacena ofrecía una vajilla extendida cuyas piezas se mostraban de mayor a menor tamaño. En la parte derecha, la mesa preparada para la cena con todo detalle; el florero disponía de cinco rosas rojas correspondientes a las cinco sillas y a los cinco servicios con sus respectivas copas, colocadas conforme al tipo de vino que serviría el mayordomo. Tan solo una pincelada distorsionaba el espacio, en el fuego de la chimenea apenas quedaban un puñado de ascuas y, al lado, una pila enorme y bien colocada de leños de encina permanecían ordenados sin que nadie les arrojase a la lumbre. Una vez situado en la puerta, agarró el llamador y golpeó tres veces. En su otra mano relucía su revolver 38 Smith & Wesson.

Abrió la puerta que atravesó a la velocidad del rayo cerrándola con su espalda mientras su revolver apuntaba al vacío. El eco de los golpes cruzó la desnuda habitación, que quedó roto debido a la insolente ráfaga de aire que se coló llegando a la chimenea y levantando las pavesas que rompieron la delicada puesta en escena para el banquete. Su abrigo negro se cubrió de un viso de luz plateada de cenizas a la vez que tapizaron sus zapatos de charol negro que siempre usaba para los trabajos más delicados. Escucho unas voces que venían del pasillo y se agazapó detrás del armario. Dos chicas del servicio doméstico, ajenas a la muerte, charlaban llevando unas toallas al aseo cercano. Si todo saliera bien, Arturo dejaría la casa bañada de sangre.

Al volver el silencio, un agradable olor regó su pituitaria y sonrió. Era el humo de un Espléndido de Cohíba. En un pequeño cuarto de estar, una abarrotada librería de roble guardaba tesoros literarios y algún incunable. Una pareja de sillones de orejas en color violeta acompañados por una pequeña mesa central era el único mobiliario de la coqueta sala. De ahí emanaba el olor a habano. Su nariz siguió la pista. En uno de los sillones reposaba un maletín en cuero marrón y en el otro, asomaba envuelto en humo el cabello negro de un varón.

-Te esperaba- dijo el fumador. – ¿Por qué a mí?

-Nunca lo pregunto. Solo disparo y mato.

Tres sigilosos pasos le situaron frente a su víctima que solicitó una última bocanada de humo. Apuntó al pecho y miró sus ojos. Apoyó un cojín entre su arma y la víctima y vació las seis balas del tambor. La mano de su víctima dejó caer el Cohíba que Arturo recogió intrigado por su olor. Absorbió una fuerte calada y colocó el puro entre los dedos de su víctima. En la puerta de la casa se detuvo y miró al cuarto de estar. Algo se le olvidaba. Volvió, tomó el puro y salió fumando de la casa.