Su primera cata
Fernando Chausa Díaz de Figueroa | Alejandro Soriano

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Él estaba hecho un flan, un auténtico manojo de nervios.

Era el primer fin de semana que pasaba con ella fuera de casa y no sabía lo que podría pasar, pero algo intuía.

No llevaban mucho saliendo, pero había descubierto algo totalmente nuevo, era una cóctel de sensaciones que no tenía ningún tipo de explicación lógica, mezclado con el giro que dio su vida, pues pasó de cenar los viernes en un fast food a abrir la carta de un restaurante, de tomar un refresco a saborear los diferentes caldos surgidos de las vides centenarias de las riberas de los ríos, y por supuesto a disfrutar de todo ello con la compañía y el amor de otra persona.

Por otro lado, en casi dos meses de relación todavía no habían experimentado uno de los mayores placeres de estar en pareja, el carnal. Así que por eso aquel nerviosismo, pues se encontraban por primera vez a solas en una bonita casa rural donde les esperaba una cata en una bodega cercana seguida de una cena romántica. Era inminente el paso siguiente.

Llegaron a la hora señalada y se encontraron con un escaso grupo de personas, suficientes como luego se darían cuenta, para llenar el artesanal y pequeño espacio donde se desarrollaría el evento.

Bajaron a la cava, cuya temperatura era más baja que a ras de superficie, lo que hizo que él se estremeciera un poco. Ella lo notó en seguida y le miró de forma cómplice, con cariño, a la vez que le agarraba el brazo izquierdo.

La maestra de ceremonias empezó a darles unas breves directrices de cómo se tenía que ver, oler y saborear cada vino. No eran instrucciones muy complicadas, todo lo contrario, pero la cabeza de él saltaba de vez en cuando a otros pensamientos, por lo que tenía que hacer preguntas a su acompañante de cuanto en tanto, a lo que ella respondía aproximando los labios a su oreja para susurrarle la respuesta, convirtiéndolo en un pequeño y sensual juego al que no rehuía ninguno de los dos.

Una vez hubo terminado el acontecimiento, el grupo pasó al restaurante donde degustarían un menú pensado para la ocasión.

Las miradas de expectación, las preguntas y el ambiente solemne de la cata habían dado paso a las risas, las conversaciones intranscendentes y a los gestos de cariño.

Cuando todo hubo terminado, se encaminaron de nuevo a la casa, agarrados de la mano y algo agitados, conocedores de lo que les esperaba.

Ya dentro empezaron a besarse despacio, con suavidad, como si tuvieran miedo a romperse, a la vez que sus manos recorrían sus cuerpos. El nerviosismo inicial daba paso a una excitante tranquilidad.

Se despojaron de la ropa entre risas y besos fugaces, recorriéndose con una mirada tan brillante y tan ardiente que podría derretir hasta el corazón más helado.

Se tumbaron en la cama juntos sin que quedase un resquicio entre ambos, y entonces ocurrió, sus cuerpos y sus mentes se fundieron apasionadamente en un todo.