80. SUCESOS
Ángel Martín Sancho | FANTASMA 3

HOY HE LEÍDO EL PERIÓDICO, no suelo hacerlo, pero no tenía otra cosa que leer. No me gustan, las noticias son todo morbo, solo muestran la cara oscura de la vida: la sangre, el odio, las heridas, todos esos comportamientos que nos recuerdan que, por mucho que hayamos adoptado la razón como fe, seguimos siendo caimanes disfrazados de seres humanos. En la primera página, con una fotografía bien grande en la portada, se hablaba de un hombre que se ha prendido fuego a sí mismo en su propia casa. Lo curioso es que tenía trabajo, uno de cuarenta horas en una empresa de seguros, por lo que debía ganar entre unos mil cuatrocientos, mil quinientos euros y, aún así, cuando entraron en su piso no había luz, ni agua y la nevera estaba vacía a excepción de un par de latas de melocotón en almíbar. Lo único que daba señales de vida en el apartamento era la línea telefónica: el móvil estaba operativo y con cobertura. Parece ser que con su sueldo solo le llegaba a pagar una de las facturas por mes, por lo que cada cierto tiempo iba rotando: había un mese que tenía luz, otro agua y, este último, teléfono.
El hombre lo tenía todo planeado con riguroso detalle: siguió su rutina semanal para no levantar sospecha; trabajó los cinco días laborables de ocho a seis, después, a eso de las ocho, salía a correr por el parque frente a su casa —cuando salía a correr bajaba con una mochila en la que la policía encontró una toalla, esponja y jabón líquido en sobres—. Cenaba un par de rodajas de melocotón en almíbar y se acostaba para volver a comenzar su rutina al día siguiente a las seis de la mañana. El viernes, que salió de trabajar a las dos en vez de a las seis, se marchó con el coche, aún no se sabe a dónde, pero según los vecinos le vieron volver al anochecer cargado con dos bultos —la policía sospecha que eran los dos bidones de gasolina que encontraron vacíos en la cocina—. Pasó el sábado viendo vídeos en Youtube sobre cómo preparar fuegos controlados y escuchando Hurt del grupo Nine Ich Nails. El domingo a las doce de la madrugada llamó a los bomberos y acto seguido vació las dos garrafas sobre su cuerpo. Los camiones tardaron menos de cinco minutos en llegar, pero para entonces la piel del hombre se había fundido con la ropa y la tela del sofá formando una costra negra.
Se acabó, no vuelvo a leer más periódicos, no tengo porqué amargarme la existencia con estas noticias tan desagradables. La vida es así de cruel para todos y si tengo cuarenta y cinco minutos de trayecto de casa al trabajo prefiero leer algo que me entretenga. Esta tarde me descargo el último libro de esa escritora finlandesa tan famosa, esa que escribe sobre muertes y asesinatos.